CUERPO DE GENERALES Y ALMIRANTES EN RETIRO
DE LAS FUERZAS MILITARES DE COLOMBIA

 

EL EJÉRCITO NACIONAL, RELACIONES CON LA POLICÍA

Por Brigadier General (r) José Alirio Alvarado Hernández

La Constitución Nacional prevé la existencia de cada una de estas Fuerzas, define su fundamento legal, y enmarca, a través de un rico conjunto de normas subsiguientes su misión y su accionar dentro de los parámetros de la concepción global del Estado de Derecho, tan arraigado y tan caro al pueblo colombiano.

El hecho de que sus tareas sean específicas e independientes, de manera alguna les da la condición de excluyentes. Por el contrario, la coordinación permanente es una condición que se hace indispensable al momento de luchar contra la amenaza común y en todo esfuerzo que se haga para recuperar y mantener la paz en el territorio nacional. El trabajo armonioso, además de ser garantía para alcanzar el éxito, evita malos entendidos, roces innecesarios y lamentables y dolorosos enfrentamientos.

En obedecimiento a lo dispuesto en las políticas y en los planes de la seguridad democrática, en procura de los objetivos fijados en función del interés nacional, cada Fuerza debe hacer lo que le corresponde, pero no a tientas, ni de manera anárquica y sin que se dé el caso de que la mano izquierda no sepa lo que hace la derecha. De ahí la importancia de liderazgos en cada una de ellas, en todos los niveles de la organización, con profesionales que con mentalidad institucional ejerzan sus funciones de comando y control, con la altura, el criterio, la responsabilidad y la integridad que la situación amerita.

No es tiempo para obrar de otra manera. Démonos cuenta que cuando la comunidad se percata de la existencia de fisuras, grandes o pequeñas, ya el enemigo ha sacado de ello algún provecho. El sólo acomodarlas a su conveniencia es ya un logro importante. Es costumbre echarle leña al fuego para indisponer las Instituciones, para crear, inclusive a partir de cualquier imponderable, un supuesto enfrenamiento de impredecibles consecuencias, situación que además es llevada a la opinión pública de manera alarmante y desproporcionada.

Con el propósito de hacer un poco más de claridad sobre el tema y poder analizarlo a lo largo de la historia, recordemos que la actual Policía se creó, al promediarse el siglo pasado, de la mano y bajo la tutela del Ejército, varios de cuyos oficiales desempeñaron las funciones de instructores, comandantes de Estación, e incluso, por lo menos en un par de casos, ocuparon la Dirección General. Se le ayudó de cerca a su crecimiento y a su desarrollo y tal vez esto contribuyó, a mi manera de ver, a que se retardara más de la cuenta el reconocimiento de su mayoría de edad. El excesivo protagonismo del Ejército obligaba, a veces, a que sus unidades asumieran tareas propias de la Policía. Y para completar el control operacional, una especie de coordinación forzada condicionaba, hasta cierto punto, la tan necesaria autonomía. Así transcurrieron las primeras décadas de vida institucional. Las relaciones, aunque buenas, se caracterizaron por el esfuerzo manifiesto por quitarse esa especie de camisa de fuerza.

El auge del narcotráfico en los años 80, trajo consigo el inusitado crecimiento de la subversión. Los grupos alzados en armas se fortalecieron y se multiplicaron. La fusión de estas dos amenazas agravó tremendamente la situación. El clima era de incertidumbre y de temor. El terrorismo, su arma preferida, comenzó a hacer mella en el ánimo de mucha gente.

A pesar de los hechos, el Gobierno, con cierta torpeza, se demoró más de una década en reconocer la realidad. A la embajada de Estados Unidos le ocurrió lo mismo. Fue así como la prioridad se le dio a la Policía por cuanto recibió la tarea de actuar contra el narcotráfico, fuente y causa de todos los males. Hacia allá se encausaron el presupuesto de defensa y todo el apoyo externo destinado a esta lucha.

 

El cambio fue evidente. La comunidad se vio frente a una nueva fuerza policial, bien armada y muy bien equipada. Por supuesto que eso no tenía nada malo para muchos desprevenidos compatriotas quienes veían en ello señales de progreso. A los buenos resultados se les daba un especial toque de sensacionalismo y a algunos de ellos la categoría de objetivo final. Esto fue lo que ocurrió con la captura de los jefes del cartel de Cali. Se dio a entender que el fin del narcotráfico en Colombia era cuestión de días.

Se habló entonces, de la mejor Policía del mundo y del mejor Policía del mundo. El exceso de protagonismo cambió de lado. Ahora lo tenía la Policía. El espíritu civilista previsto en la Constitución cedió para darle paso a una fuerza marcadamente militar. El valiosísimo recurso del policía de la cuadra desapareció. Parecía muy poco en el nuevo esquema operativo. Simultáneamente el control operacional fue sacado del servicio. Se le dio un entierro pobre. (En la práctica es así por cuanto se autoriza excepcionalmente y con resolución ministerial).

Esta especie de envalentonamiento, avalado en más de una ocasión por la Presidencia de la República, sentó las bases para el manejo de las relaciones, que a juzgar por las opiniones de uno y de otro lado, fueron llevaderas. A la distancia se observa que los hombres en armas, olvidando las lecciones de la historia, con mucha frecuencia no caen en cuenta que con la vieja consigna de dividir para gobernar el liderazgo político aprecia como positivas situaciones como éstas y lejos de solucionarlas, hábilmente las tolera.

Volteada la página del nuevo milenio el país entero como que sintió una sensación de alivio. Atrás quedaron los desaciertos, la confusión y las dudas. El presidente Uribe organizó las cosas de otra manera. Con su Política de Seguridad Democrática redefinió los objetivos y fijó con claridad las tareas a la Fuerza Pública. Con su muy cercana dirección se lucha frontalmente y sin tregua contra la narco-subversión con el apoyo del Plan Colombia y la asesoría del Comando Sur. El marco de referencia para mantener unas buenas relaciones es perfectamente claro.

Sin embargo, es preocupante la situación que se viene presentando por acción u omisión de algunos miembros de los cuerpos armados frente al delito. Lo mismo que por los roces, choques y enfrentamientos entre patrullas del Ejército y de la Policía. Además, en el delicado manejo de los narcóticos en la etapa del producto elaborado, el factor riesgo creado por la corrupción debilita, en buena parte, los parámetros del sano trabajo en equipo.

Independientemente del origen de la cadena de la corrupción, el hecho punible se presenta en los niveles bajos de la organización. La guaca, el embarque, el alijo, la caleta, la devolución y otros. Y como protagonistas de primera línea aparecen: personal subalterno, pequeñas patrullas, actuaciones individuales, persona civil, informantes, etc. Por eso es por lo que en los consejos de seguridad, juntas de inteligencia, ceremonias militares y actos sociales la vida transcurre normalmente. De esto poco se habla y poco se comenta.

Pero una vez el problema es conocido por los organismos del Estado y por la opinión pública, se ha podido observar cómo al obrarse a la ligera se han presentado muy lamentables salidas en falso. No es correcto que al más alto nivel del gobierno se fije un plazo perentorio para una investigación que demanda su tiempo. No es correcto que en los niveles altos del mando, tanto en el Ejército como en la Policía, se anticipen fallos absolutorios o condenatorios sin tener elementos de juicio para ello. Y tampoco es correcto que un comandante se la juegue toda por tal o cual persona a costa del prestigio de la propia Institución, cuando en ese momento apenas se están averiguando los hechos.

Lo que no se puede permitir, por ningún motivo y bajo ninguna circunstancia, es que estos contratiempos, no institucionales, se tomen como referencia para señalar el camino a seguir en el manejo de las relaciones entre el Ejército y en general entre las Fuerzas Militares y la Policía. Y quienes ostentan el mando jamás pueden permitir que el dolor que sienten por la pérdida de un subalterno se convierta en odio a quienes desde la otra orilla resulten comprometidos en los hechos.