PATRIA Y “PAN DE VIDA”
Por
Brigadier General (r) Hernando Zuluaga García
Este no es sólo un titular. Es, sobre todo, una visión y un sueño. Es también un clamor de los corazones heridos de la inmensa mayoría del pueblo colombiano que se siente huérfano de verdadera patria y mendicante del pan de cada día; es decir, del bienestar que se merece por designios del Creador y mandato constitucional.
Al jurar defender la patria con las armas legítimas del Estado de derecho y, por ende, defender los compatriotas inermes contra cualesquiera modalidad de amenazas y agresiones, no pensé entonces que el compromiso llevara implícita la obligación apremiante de velar por el pan de vida que demandan los colombianos más pobres, alrededor del 60%, para poder sobrevivir en la tierra de los queridos ancestros.
Tan elemental sustento no lo niegan la naturaleza ni los recursos propios del país. Lo impiden la corrupción y la politiquería y desde luego lo restringe cruelmente el accionar terrorista de los grupos armados ilegales, apátridas y matones por naturaleza. Entre ambos, en una especie de connivencia oculta y amoral, han tornado invivible la existencia del común de los colombianos, no de ahora sino de hace varias décadas.
La patria potestad común dejó de existir para el pueblo colombiano. Algunos de los autodenominados padres de la patria legislan a su favor y en contra del pueblo. La mayoría de los gobernantes regionales y locales, así como ciertos dignatarios y funcionarios de los poderes centrales sólo han pensado en usufructuar los cargos para su beneficio, el de familiares y allegados. De esta actitud atroz y recurrente por varios lustros, nació el cáncer de la corrupción generalizada y el narcoterrorismo que nos han carcomido.
Como el pueblo no ha tenido ni tiene voz por falta de representantes comprometidos dentro del poder legislativo, ha recurrido últimamente a hacerse sentir a través de las encuestas de opinión. Como los resultados de éstas no han sido favorables a los culpables de sus desgracias, éstos pretenden malograr los obtenidos por la iglesia católica y el Ejército, de manera positiva y destacada, mediante estrategias de desprestigio de dichas instituciones y sus miembros, orquestadas desde diferentes ángulos mediante acusaciones y tergiversaciones malévolas, inclusive valiéndose de leyes y providencias que están atacando lo fundamental; de la iglesia, el dogma y los jerarcas y del Ejército la disciplina, el fuero, la obediencia debida y sus principios y valores morales y patrióticos.
Contra ambas instituciones han llovido rayos y centellas desde que la primera enfrenta el ateísmo y las Fuerzas Militares, la subversión armada y terrorismo. Ante el fracaso de las estrategias de desprestigio, se está poniendo de moda cuestionar a los miembros más destacados de dichas instituciones a través de los medios de comunicación y en debates públicos que se suscitan por posiciones dogmáticas o por acciones, omisiones o errores, juzgadas a priori y fabricadas inclusive, desde el interior de algunos organismos estatales y ciertos medios de comunicación a base de infiltraciones, penetraciones y filtraciones que crean desconfianzas y confunden al desinformado pueblo colombiano.
Casos recientes, suficientemente publicitados y debatidos con maledicencia, ilustran y llaman la atención, pues han colocado sobre la mesa de las controversias la eutanasia, el aborto, el matrimonio entre homosexuales, etc; y desde luego Guaitarilla, Cajamarca, Barranquilla, Jamundí y, para colmo de males, el “autoterrorismo” denunciado recientemente sin evidencias.
Y pensar que en el río revuelto están pescando los verdaderos enemigos de la patria y de los colombianos y que la avalancha de desinformaciones está orientada hacia el Presidente de la República, el Ministro de Defensa y otros altos funcionarios del Estado y también hacia algunas embajadas de países amigos.
Por lo expresado desde la orilla del ostracismo, tenemos que despertarnos quienes un día juramos defender la patria y los compatriotas de bien; no para constituirnos en áulicos de nadie sino para convocar al pueblo a la unión en un sólo as de voluntades y al unísono gritar ¡Basta ya! Vamos por el poder a través de las normas constitucionales y legales para restaurar la patria de los ancestros y amasar el pan de vida que nos han quitado.