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HOMBRE DEL AÑO: EL SOLDADO COLOMBIANO
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Por General ALVARO VALENCIA TOVAR
El vocablo soldado equivale a hombre de armas. No importa que vista uniforme del Ejército terrestre, de la Armada que sobre estelas de espuma escribe capítulos de historia, o que en los aires deja a su paso una invisible huella de heroísmo. Todo militar, cualquiera sea su grado, jerarquía, importancia, siente un orgullo que expande el pecho al saberse soldado. La estirpe latina de la palabra denota militar sin graduación. Pero en verdad es mucho más que eso. Sin grado o con él, es un combatiente dispuesto a arriesgar la vida o sacrificarse por un ideal envuelto en su bandera.
Los Ejércitos rinden tributo perenne al soldado desconocido. Es el homenaje de la nación a los hijos suyos que sucumben en el fragor de la batalla y sus nombres desaparecen en la oculta grandeza que los disuelve en la memoria del triunfo o las opacidades de la derrota.
En Bogotá, corazón de la República, sobre un lustroso mármol negro que contrasta con la palidez de la piedra en inmensa plaza de armas del monumento a los caídos en combate, una inscripción en bajorrelieve eterniza la presencia del soldado anónimo: “Colombia agradecida a sus héroes de todos los tiempos caídos en defensa del suelo patrio, la libertad y el derecho. Los nombres de esos valientes los conoce Dios”. Sí. Sólo Él porque la guerra es así: olvido, penumbra, gloria inédita, horror, tragedia. En sus profundidades quedan sumidos miles de seres cuyas cenizas jamás se recuperan mientras la existencia sigue.
Frente al desgarramiento que sufre nuestra nación, el soldado de tierra, aire o mar, yergue su silueta silenciosa, con el arma terciada, inmóvil, centinela infatigable del suelo sagrado de su patria, de la libertad que otros héroes conquistaron para él y sus conciudadanos, en recorrido de asperezas agotadoras por el Ande y la llanura, luchando aquí y allá para convertir nombres lugareños en retazos de historia, escritos con su sangre, bañados con su sudor, ennoblecidos con las lágrimas de madres que entregaron los hijos de sus entrañas para que defendieran ese suelo, esa libertad, ese derecho.
Sacrificio es la palabra que más musitan los labios resecos del soldado o que más intensamente acompaña, aún sin pronunciarla, sus fatigas, el peligro que acecha en las verdes y oscuras profundidades de la selva, la mina traicionera oculta en la tierra y la hojarasca para mutilar su cuerpo o destrozarle el alma.
“Existen paraísos bajo la lluvia o yerma aridez sobre praderas de zafiro” reza el pensamiento de un escritor nuestro en su Canción del caminante. El soldado colombiano conoce esos dos ámbitos de su propia existencia. Las pesadas demandas que gravitan sobre sus leves horas de sueño, de vigilia, de cansancio, pueden ser paraísos bajo la lluvia – y lo son – si sus líderes saben decirle la grandeza de serlo y de la historia que otros soldados como él escribieron con lanzas de caña, fusiles, machetes, o con sus propias uñas y los pedruscos del páramo si las armas se helaban en forzados silencios y las maderas se rompían en el furor de la lucha cuerpo a cuerpo.
El estoicismo sella la diaria brega del soldado colombiano. Frugalidad en la ración de campaña, que muchas veces no llega a las lejanías selváticas o de alta montaña, se agrega a la sed en desoladas comarcas tropicales donde el agua es un milagro. Precario abrigo en las noches, negras o cuajadas de estrellas nostálgicas, o de luna que despierta con su palidez y su belleza memorias lejanas y secretas fibras de amor que es preciso ocultar porque el silencio de la emoción forma también parte de su vida.
No obstante, lo que más lastima la sensibilidad del militar es la incomprensión de un cuerpo social indiferente a su brega, sus fatigas, su entrega para conservarlo libre, preservar sus instituciones, asegurar su reposo, recobrar para él la paz esquiva. Por fallas de algunos se les juzga a todos. Se generaliza la crítica mordaz. Se señala a camaradas y jefes con índice acusador antes de probar la realidad del ilícito y darles oportunidad de defenderse. Grandes titulares de prensa y escandalosas transmisiones de radio y televisión, registran los reveses propios de todas las guerras, en tanto los éxitos, las conquistas, la liberación de comarcas enteras apenas si se registran medio escondidos y se olvidan pronto, mientras lo negativo se evoca una y otra vez en cada ocasión en que la adversidad golpea las filas militares.
Por todo eso, y por lo que unas breves líneas no alcanzan a recoger, el soldado colombiano es el hombre del año, merecedor de la gratitud eterna de la Patria que engrandece y defiende.
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