CUERPO DE GENERALES Y ALMIRANTES EN RETIRO
DE LAS FUERZAS MILITARES DE COLOMBIA

 

¿Sirvió para algo la protesta pública del 5 de julio de 2007?

Por Brigadier General Adolfo Clavijo Ardila

Pasada la irritación que se apreció en la multitudinaria manifestación convocada por autoridades y dirigentes empresariales para protestar contra el asesinato de los once diputados del Valle y reclamarles a las Farc la entrega de los cadáveres, viene bien un razonamiento sobre los efectos de esa expresión popular, razonamiento que puede hacerse al tratar de contestar el interrogante que titula esta columna: ¿Sirvió para algo la protesta pública del 5 de julio de 2007? Las respuestas pueden darse en dos sentidos. Veamos.

Sí, porque sirvió para que el grueso de la población se pellizcara y reaccionara ante la criminalidad incontenible de las Farc. Vale recordar que, habitualmente, al 88% de la población la tiene sin cuidado la tragedia que vive permanentemente el 12% de sus conciudadanos (desplazados, refugiados, secuestrados y sus familiares, discapacitados, viudas, huérfanos, extorsionados, subyugados, intimidados, etc.). Para desdicha, el manejo que desde hace 45 años se le ha venido dando al conflicto ha hecho que éste se tome simplemente como una rutina; gobernantes y gobernados no afectados se acostumbraron a vivir con la violencia sin sacudirse ante ella, esperando, eso sí, que no los toque.

Sí, porque sirvió para percibir que la inmensa mayoría de la población aborrece a los violentos, mayoría que bien manejada y bien orientada puede provocar el aislamiento de los grupos criminales para así forzarlos a negociar.

No, porque la repulsión hacia las Farc no fue contundente ni general. Gran parte de los manifestantes fueron convocados e inducidos a pedir acuerdo humanitario con una tácita intención de conculcar al gobierno por haberse negado a hacerlo bajo las condiciones impuestas por las Farc; con esto se desvió en parte el verdadero propósito de la convocatoria.   

No, porque no sirvió para forzar a las Farc a devolver los cadáveres ni a cambiar de comportamiento. Ellas son criminales irredentas e indolentes y nada, absolutamente nada, las conmueve. Ya habían demostrado su procacidad con asesinatos como el de los 10 niños de Algeciras, los 119 pobladores de Bojayá, los 167 supuestos infiltrados de Tacueyó, entre otros crímenes de lesa humanidad. El asesinato, esta semana, de tres concejales del Caquetá parece ser una respuesta de esa organización al clamor popular. 

No, porque no sirvió para que todos cerremos filas alrededor del rechazo absoluto a las Farc, el Eln y los reductos de las autodefensas y, a la vez, propendamos articuladamente por la liberación de secuestrados y la búsqueda de la paz. La disputa política por el poder polariza las posiciones frente a las posibilidades de obtenerlo e impide que se haga causa común frente a la necesidad más apremiante de los colombianos.

En resumen, la protesta pública organizada para reclamar los cuerpos de los diputados vallunos asesinados por las Farc deja como enseñanza que en Colombia es muy difícil concitar un consenso nacional para que se convierta en arma contundente contra los bárbaros, porque, a pesar de la horrenda criminalidad existente, el panorama político colombiano está infectado de egoísmos, ambiciones partidistas, intereses personales  y mezquindades que anteponen los provechos individuales al bien general.