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¿APORTA EL SILENCIO DE LOS GENERALES?
Brigadier General ALBERTO BRAVO SILVA - Vicerrector Administrativo Universidad Militar Nueva Granada
Inusual por decir lo menos, que el Ministro de Defensa Nacional, en aparente acuerdo con el alto mando, haya silenciado las voces de los generales y al tenor de ese mandato, asuma ante propios y extraños, una actitud de silencio y extrema cautela con la opinión nacional, para dilucidar los diarios episodios que se generan sobre la gestión institucional, y para encarar con franqueza los significativos sucesos del quehacer operacional y la interacción de las tropas en su titánica tarea de combatir los fenómenos de violencia.
Superadas las guerras intestinas de la patria y la refriega partidista que enlutó por décadas a la sociedad colombiana, las Fuerzas Militares en sabia determinación que las enaltece, optaron por apartarse de la contienda política y en su tarea de acoger los mandatos de la Constitución y de la ley, dedicarse por entero a la formación profesional de las tropas, asumiendo el rol de verdaderos garantes de la institucionalidad y la voluntad ciudadana.
Bajo estos postulados y en el entendido de que para la salud de la Patria, los militares deben abstenerse de deliberar sobre aquellos aspectos de la esfera política, hemos visto durante la vida republicana, desfilar por los cargos del alto mando, incluidos los cargos de Ministro de la Defensa, a destacados generales de rancia formación castrense, asumir el rol que el alto cargo les impone, debatiendo y explicando a la Nación, los planes y proyectos sobre la seguridad ciudadana; poner al descubierto y desenmascarar apátridas enemigos de la convivencia pacífica; buscar el apoyo ciudadano hacia el esfuerzo operacional; resultados de la guerra sin cuartel declarada al país; denunciar ante la opinión nacional e internacional, los horrendos crímenes de la delincuencia en todas sus formas, y en fin, cumplir con el deber de informar, como premisa básica del desempeño que el cargo impone.
Así ha visto el país a sus generales, así lo requiere la sociedad y la dinámica del conflicto; así lo reclaman las incontables víctimas de la violencia atroz y así lo exigen las tropas, que como gestores y partícipes de excepción en el mantenimiento de las libertades ciudadanas y la vigencia de las instituciones, necesitan ver a sus jefes naturales, a sus pares y en esencia, a sus comandantes, asumir las posiciones de liderazgo en la conducción estratégica y táctica de la guerra, puesto que es al comandante supremo de las tropas, a quien corresponde la conducción política.
En la dirección de las tropas, la esencia misma de la formación militar impone que el comandante asuma frente a sus subalternos, la delicada tarea de formar, educar, instruir, motivar, ejemplarizar, representar y llevar la vocería en los eventos de la vida de cuartel, o en el campo de combate, pues esa posición de liderazgo en todos los campos del quehacer militar, permite mantener elevados niveles de motivación en el esfuerzo bélico, exigencia de altos niveles de entrega y sacrificio, y decisión irrevocable en defensa de los más caros intereses nacionales, de no transigir con los apátridas.
En la medida en que el comandante natural adquiere mayor responsabilidad y la carrera exige conducir unidades de mayor jerarquía, se hace indispensable interactuar con el entorno, y un eficaz desempeño en el cumplimiento de la misión institucional. Por lo tanto, debe ampliar su horizonte y visión del conflicto, salir de los cuarteles, mirar con dimensión estratégica el manejo de las tropas y direccionar, con el apoyo de organizaciones, instituciones y población civil, la conducción de la guerra y el manejo cauteloso pero de frente a la opinión nacional, de todos los fenómenos, situaciones y sucesos que el desarrollo de la guerra imponen y los planes lo exigen.
Los comandantes de todo nivel, tienen como credo de fe y postulado mayor de sus más caras convicciones, procedimientos y normas reglamentarias, aquel mandato que reza: “el comandante es responsable de lo que hagan o dejen de hacer sus tropas”, inmodificable y viviente axioma que encarna la verdadera dimensión del mando y que implica una carga de responsabilidades, que sin embargo, en la trayectoria profesional de las Fuerzas Militares, ha sido la base de la estructura jerarquizada de las tropas, sustento de la disciplina y valoración ágil de responsabilidades frente a eventuales investigaciones de cualquier orden.
Si así lo saben con suficiencia los comandantes, lo argumentan los entes de control en sus investigaciones y lo ratifica la jurisprudencia y doctrina sobre la materia, cómo entender entonces que esta responsabilidad de informar, liderar, argumentar, interactuar con el entorno y encarar con franqueza la responsabilidad de la conducción de las tropas y la gestión realizada, revierta hacia un silencio preocupante, con el argumento simple de “más trabajo y menos micrófono”; traspasando la responsabilidad de la rendición de cuentas, a quien no ha tomado las decisiones delicadas de la conducción operacional, en donde con el implícito riesgo de la muerte, ¿se envían los hombres a la guerra, con la íntima convicción de la responsabilidad por esas órdenes?
En la mente de cualquier militar colombiano, y en especial en aquellos con responsabilidades del alto mando, siempre habrá la premisa del actuar en consonancia con los intereses de la patria y en sintonía con los postulados de lealtad, dignidad, transparencia y sacrificio en aras de obtener para el país, los deseados niveles de seguridad y concordia ciudadana. Entonces no acallemos sus voces, pues en ellas se encierra la voz de millares de combatientes, que en silenciosa entrega edifican la patria a diario y claman por el apoyo ciudadano a su noble causa.
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