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LA BATALLA DECISIVA
Doctor JEAN CARLO MEJÍA AZUERO* - Decano Facultad de Derecho UMNG
Quiero agradecer al Cuerpo de Generales y Almirantes en Retiro y a la revista ECOS, la cordial invitación a participar como columnista para el mes de noviembre. En esta oportunidad quisiera referirme puntual y brevemente a tres temas que desde mi posición académica resultan trascendentales, sobre todo sí se tiene en cuenta la actual degradación de la situación de violencia en Colombia. El primero de esos temas es el de la existencia de un conflicto armado y las repercusiones para el ente castrense. En segunda instancia, quisiera advertir sobre el actual peligro de la combinación de formas de lucha y la guerra popular prolongada planteada por un enemigo subes-timado por muchos años; finalmente, trataré el tema de los posibles escenarios para los militares y policías en el posconflicto, sustentado en la experiencia de otros estados latinos y lo que está sucediendo actualmente en nuestro país.
Pues bien, crear sofismas conceptuales sin contar con el rigor filosófico y académico puede conllevar a una perdida irreparable frente a un enemigo que se comporta como el mercurio, tomando la forma del recipiente que lo contiene. En Colombia existe conflicto armado, pero no guerra civil; son cosas diferentes. En Colombia existe agresión terrorista, porque no es excluyente de la existencia de un conflicto armado; la presencia de ese conflicto no significa estatus de beligerancia; reconocimiento político no es igual a reconocimiento de beligerancia. Por ello, el más perjudicado operacionalmente con la alegada inexistencia del conflicto será el militar, pues sí no hay conflicto no existe posibilidad jurídica de aplicación de la fuerza; tampoco habría aplicación del DIH, ni mucho menos derecho al objetivo militar. Se aplicaría de lleno el Derecho Internacional de los Derechos Humanos, y desaparecería el concepto de muerte en combate o el perjudicial de “baja”, para darle paso a desaparición forzada y ejecución extrajudicial. Negar el conflicto significa hacerle juego a la guerra jurídica y judicial, desconociendo los factores reales de poder.
En segundo lugar, la guerra no termina con el silencio de los fusiles, sino cuando se doblega totalmente la voluntad de lucha del enemigo, más aún en conflictos desestructurados sustentados en una carga ideológica tan grande. Actualmente las concepciones de origen marxista – leninista, acondiciona-das desde el foro de Sao Pablo a nacionalismos (visión bolivariana) y teología de la liberación, resultan atrayentes. En ese sentido no entender que el Plan Colombia, soportado en gran parte en un esfuerzo bélico, tuvo como contrapartida el lanzamiento del PC3 (Partido Clandestino Comunista), y el Movimiento Bolivariano por una Nueva Colombia, se convirtió en un error estratégico imperdonable; y ahora, cuando ganamos militarmente, estamos siendo contraatacados por una ofensiva jurídico – política sin precedentes, que puede conllevar al triunfo militar, pero la derrota final. Ganar cien batallas no es importante decía Sun Tzu, lo importante siempre será ganar la guerra. La captura del Estado, la creación de un estado paralelo o espejo a través de la penetración y la infiltración, pretende derrumbar la última atalaya que tiene el enemigo para asir el poder, incluso por una vía aparentemente democrática. Esa última defensa está a cargo de los soldados y policías; por ello destrozarlos moralmente es la principal arma utilizada. Y la verdad, es que a veces desde las instituciones públicas por ignorancia o secundando bajos propósitos, se termina coadyuvando a ese adversario despiadado que incluso mimetizado estudia en las mejores universidades, porta ropajes caros, se codea con el “jet set”, trabaja en multinacionales, acumulando fuerzas en silencio; trabajándole a la guerra que nadie quiere ver y que también se ha subestimado.
Finalmente, encontramos experiencias latinoamericanas que nos enseñan qué ha sucedido con los militares en escenarios de posconflicto; todos son totalmente desalentadores. Deberíamos haber aprendido de esos ejemplos, pero lo cierto es que hoy en plena guerra, tenemos a nuestros generales, coroneles, tenientes, sargentos y cabos en cárceles y penitenciarías; olvidados en primer lugar por el gobierno de turno, además condenados por los medios de comunicación, antes que por los tribunales; para el militar no existe la presunción de inocencia, debido proceso, y demás garantías constitucionales. Para los militares y policías de Colombia no existen Derechos Humanos, porque solo pueden ser “victimarios”, según algunos defensores de estos sagrados atributos. Recabó en que la “manzana podrida” debe ser aislada, que el fin no justifica los medios y que sí se ha violado la constitución y la ley, se debe pagar. Pero entre eso y una persecución sistemática y programada, utilizada como combinación de todas las formas de lucha, existe una enorme diferencia.
¿Y qué hacer entonces frente a este panorama desalentador? La respuesta está en la misma Reserva Activa y en la búsqueda de la unión. La vida militar que comienza en la misma vida civil, convirtiéndose en un hermoso y sacrificado recorrido que termina nuevamente donde se comenzó, se debe generar a través de diferentes medios legítimos; una sinergia que logre la presión necesaria para decirle al gobierno, que con el militar no se puede jugar, que en un escenario de posconflicto el ente castrense no debe ser negociado; que la guerra jurídica y judicial existe y que por ello, no pueden producirse normas que siendo jurídicamente viables son totalmente inconvenientes; la reserva debe unirse con la academia para producir verdadera doctrina, ya que hemos perdido más de cuarenta años, tratando de aprender de foráneas perdedoras.
Los Generales y Almirantes retirados, con la humildad propia del buen ciudadano, deben buscar a sus soldados e infantes, que hoy día convertidos en empresarios, abogados, profesores, dignatarios, pueden ayudarles a visualizar las guerras invisibles utilizadas por el enemigo. Pero por sobre todo, los militares retirados, tienen que preocuparse por sus compañeros de armas que hoy portan el uniforme, creando redes de apoyo y asesoría continua. El deber no termina cuando se cuelga el uniforme que con dignidad se portó, el deber termina cuando uno regresa al calor del cuartel, con el objetivo cumplido y todos sus hombres a salvo luego de la batalla decisiva. Eso lo debe saber todo el que es buen comandante; jamás se puede dejar un hombre atrás. Los militares históricamente han sido víctimas principal-mente de su propia desunión, en algunos casos de su soberbia, en otros casos de la arrogancia de sentirse intocables; pero principalmente han sido víctimas paradójicamente al no comprender que la milicia es una abnegada y constante vocación de servicio al prójimo y allí reside la clave de la victoria final, porque el militar es el pueblo.
Por ello, el fin constitucional justifica todos los medios siempre y cuando sean legales; La noche más oscura tan sólo es el presagio de la mañana más hermosa. Con esa mañana tenemos y debemos soñar todos los colombianos.
*Abogado Magna Cum Laude. Becario UNG. Candidato a Ph’D en Derecho. Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Militar. Vicepresidente de la asociación colombiana de facultades de Derecho.
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