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Lo que está en juego tras las marchas del 4 de febrero
Por Eduardo Mackenzie - Periodista
Si se quiere, como algunos piden, que las imponentes manifestaciones contra las Farc del 4 de febrero pasado en Colombia tengan “ecos políticos de Estado”[1], es decir que de ese gran evento ciudadano haya una traducción jurídica acertada al nivel de la ley y de la Constitución, lo primero que hay que hacer es profundizar el análisis de lo que ocurrió ese día, llegar a obtener líneas de consenso amplio sobre la significación profunda de esa jornada de lucha. Sin embargo, ese análisis, ese debate tan necesario, está apenas en sus comienzos y las contribuciones al respecto no parecen abundar.
Las manifestaciones del 4 de febrero tienen el mérito de haber señalado sin rodeos, por primera vez, a las Farc como el principal problema de Colombia. Indicaron que el Estado y la sociedad deben sincronizar sus esfuerzos para obtener el desmantelamiento definitivo de esa organización terrorista. Esas manifestaciones sugieren que para alcanzar esa meta, de la cual dependen la paz y la prosperidad del país, el combate no puede dejarse únicamente en manos del Estado, ni de las Fuerzas Armadas, sino que la sociedad toda debe jugar un papel activo. La sociedad civil, debe pues tomar iniciativas, intervenir, seguir movilizándose, como lo hizo el 4 de febrero, pues el terrorismo a largo plazo de Colombia no es un problema exclusivamente militar: el ha logrado, a causa de su persistencia en el tiempo, vulnerar la sociedad colombiana en las más diversas esferas, sobre todo en los terrenos político, económico, diplomático, social e intelectual.
En el intelectual, por ejemplo, el terrorismo abrió brechas enormes. Pues él necesita no solo de armas y de actores, sino también de un vocabulario, de unas creencias, de unas ideologías. Es un error intelectual, por ejemplo, considerar que el terrorismo es un síntoma, una reacción contra algo, y no una acción en sí, desastrosa y criminal. Durante décadas el país aceptó esa idea que lleva a disculpar el terror y a disfrazar el crimen. Se decía que la “lucha armada” (eufemismo despistador) era el resultado del “descontento” popular, o de la llamada “injusticia social”. Peor, nos acostumbramos a tolerar las atrocidades, pues éstas eran seguidas en general de amnistías e indultos. ¿Cómo no hacerlo si se nos explicaba que tales violencias eran “legítimas” pues eran el reflejo, el resultado, de la “lucha social”? Con esas supercherías, generaciones enteras fueron llevadas a la muerte.
Lo más grave es que esas falsas creencias, ese vocabulario del odio, siguen siendo difundidos (propinados para ser más exactos) a la juventud del país por las formaciones marxistas más extremas. Las cuales no dudan en recurrir a la amenaza verbal excesiva. Lo que la fracción dura del llamado Polo Democrático dijo de las manifestaciones del 4 de febrero, de su carácter “fascista” e “hitleriano” es una muestra de ello.
Habría que contestar y desmontar esas creencias. Decir, en primer lugar, que el terrorismo no es una reacción, ni el síntoma de un mal. Es el mal en sí. Que es un acto detestable, ofensivo, obceno, desproporcionado. Es, sobre todo, un acto inútil, pues el terrorismo no puede vencer al Estado. ¿Dónde se ha visto una excepción a esa regla? Animados sobre todo por un odio visceral a la democracia y a la sociedad capitalista, los terroristas saben eso muy bien. Es más, el terrorismo es un signo de fracaso. Las “iniciativas en la acción” de los “revolucionarios” europeos de los años 70 en Alemania, Italia, España y Francia sobrevinieron al final de un largo ciclo de convulsiones que pretendía poner a esos países en la órbita soviética. Ese fue el objetivo mayor de la Guerra Fría en Europa. Pero como ello fracasó, la acción terrorista, alentada indirecta o directamente por la URSS, cobró nuevas dimensiones. Y fue el anuncio de un nuevo fracaso. Incluso el terrorismo “nacionalista”, como el del IRA irlandés y de los separatistas de ETA, instigado a larga distancia por los soviéticos, tampoco alcanzó sus metas. Quien se derrumbó fue el imperio que había concebido e instrumentalizado esos planes.
En Colombia, el ciclo de la aceptación relativa del terrorismo bajo los ropajes de la llamada “lucha guerrillera”, llega a su fin. Gracias a la gravedad y amplitud del drama de los secuestrados, el país llegó a una comprensión óptima de la situación. La consigna “No más Farc” resume bien la nueva actitud. El 4 de febrero hubo una ruptura psicológica y política muy saludable. Esperando que ese evento sea rápidamente olvidado, que su contenido democrático sea desvirtuado, desviado, los propagandistas de lo extremo están al acecho. Para obstaculizar su labor hay que dar la palabra a los hombres y mujeres que lanzaron y realizaron esa proeza. Pues lo que está en juego no es únicamente el debate acerca de cómo traducir en hechos durables y en actos de Estado lo dicho por los colombianos el 4 de febrero. Lo que está en juego antes que nada es la vida de los rehenes y de los secuestrados en Colombia. La imaginación y la inteligencia de todos los colombianos debe encarar el desafío de cómo obtener la liberación de esas víctimas en el nuevo contexto creado por las movilizaciones del 4 de febrero de 2008.
Paris, 14 de febrero de 2008
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