CUERPO DE GENERALES Y ALMIRANTES EN RETIRO
DE LAS FUERZAS MILITARES DE COLOMBIA

 

EL VERDADERO MOMENTO HISTÓRICO DE LA PATRIA

Por Brigadier General Alberto Bravo Silva

Febriles por decir lo menos son los últimos episodios del acontecer nacional y su impacto a nivel internacional, en donde por desgracia y para desfortuna de la patria, es la horrorosa violencia y sus generadores consuetudinarios como las FARC, quienes en su danza dantesca de sangre y con su malsana carga de odios, se enfrentan no sólo al grito nacional por la liberación de miles de secuestrados y la suspensión del aleve daño a la población civil, sino al clamor mundial sentido en todo el orbe, sobre el respeto a los derechos humanos y el abandono de la violencia, en donde la imaginación perversa de esta horda de rufianes,  pareciera no tener final.

El transitar sobre esos sórdidos y escabrosos caminos del horror, que a lo largo de buena parte de nuestra vida democrática, han marcado de pesadumbre y desazón la vida de millones de colombianos, deja hasta al más desprevenido de los ciudadanos, la cruda y dolorosa conclusión de no tener frente a estos apátridas, formas civilizadas de diálogo, asomo siquiera de posturas conciliatorias o posibilidades creíbles de discutir en el plano siempre creativo de las ideas, alternativas de solución a este sistemático e intolerable daño al país.

La gran masa de colombianos, muchas veces manipulada y alinderada con fantasiosas y tozudas ideas del cambio por las armas y la búsqueda del poder para esa masa siempre creciente de necesitados, ha vivido por décadas el derrumbe de sus anhelos, por largos años el lacerante dolor del engaño y cargado con el pesado fardo de la desilusión, hasta llegar en este momento crucial de nuestra historia, al renacer de la conciencia nacional, a descorrer el pesado velo de la mentira y mirar con angustia cómo se ha mancillado en forma inmisericorde el alma de un pueblo, cómo se ha sustraído del seno de miles de familias a sus seres queridos y cómo se ha confinado sus vidas a la más miserable postración que haya podido soportar un ser humano.
Si sólo el secuestro y el trato miserable e inhumano a que están siendo sometidos centenares de compatriotas, ha hecho renacer en todo el pueblo colombiano, un vertiginoso y unánime sentimiento de rechazo y repudio contra sus captores, bien vale la pena en este momento de apoyo incondicional a tantos ciudadanos oprimidos, recordar que a la execrable lista de secuestros, se suma al macabro haber de las FARC, una lista interminable de masacres, asesinatos, asaltos a poblaciones, extorsiones, asaltos a bancos, matanzas indiscriminadas al interior de las cuadrillas, reclutamiento de menores, obligada promiscuidad sexual de guerrilleras, en fin, una lista interminable de delitos atroces para cuyo juzgamiento nuestras leyes siempre se  quedarán cortas.

Faltaba solo en este oprobio de crimen y muerte de los últimos quince años de barbarie, la incursión criminal en la producción y tráfico internacional de narcóticos, de donde provienen sus incontables y jugosas ganancias, que le han permitido un vertiginoso crecimiento económico para financiar y sostener su interminable guerra de terrorismo y su macabro plan de la toma del poder por las armas.

Más de cuatro décadas de guerra intestina promulgada y ejecutada por las FARC y en ese tiempo más de 10 administraciones nacionales proponiendo fórmulas, buscando soluciones, invitando a la contienda democrática, dialogando en múltiples oportunidades, cediendo a peligrosas pretensiones de de territorio sin Dios ni ley como el caso Caguán, poniendo a su servicio incontables horas de televisión nacional, otorgando amnistías e indultos, levantando órdenes de captura, concediendo salvoconductos para la salida del país, en fin acudiendo a todo lo imaginable hasta el olvido de la aplicación de la ley, para recibir siempre fatales y contundentes golpes a la credibilidad y a la esperanza de todos los colombianos.

En su criminal trasegar por la vida nacional, la única verdad de las FARC ha sido su postura engañosa, su nula moral, su falta de carácter y compromiso, su sinuosa posición en incontables mesas de diálogo, su aprovechamiento morboso a las garantías concedidas, su mentira consuetudinaria, su desmedido afán de protagonismo para sus oscuros intereses, su inmodificable posición de la toma del poder, su negativa a dejar las armas y toda forma de violencia, el desprecio total por la vida humana, y la criminal justificación de sus aberrantes métodos de guerra.

Este es en suma el macabro interlocutor en quien el país ha fincado en sucesivos momentos de su historia, su esperanza y sus anhelos para diseñar en conjunto la Colombia floreciente y sin violencia, este es el lobo estepario que con piel de cordero hemos visto desfilar por el acontecer nacional, enseñoreándose en el horror y la sangre de sus hermanos; este es el monstruo que endebles gobiernos de turno hicieron crecer con sus dádivas, para que en su loco caminar de criminales irredentos, formarán la más abyecta máquina de muerte y sembraran de desolación nuestros pueblos, campos y ciudades.

¿Cómo anidar entonces en el sentir nacional, siquiera algún rescoldo de esperanza para hacer razonar a estos dementes? ¿Cómo seguir en la torpe ingenuidad y en el anhelo simplista de posturas racionales en la sinrazón de una horda de maleantes? ¿Cómo ver renacer la credibilidad de todo un pueblo, cuando el día a día sigue tiñendo de sangre los rincones de la patria y torciendo el alma de tantos inocentes? ¿Cómo llamar al diálogo y a un sinnúmero de formas civiliza-das de solución del conflicto, cuando se avizoran oscuras alianzas internacionales, para prolongar esta inmisericorde campaña de muerte? ¿Cómo en suma hacer credo de fe y acoger las acaloradas voces de despistados y mamertos, por fortuna una ínfima minoría, que hacen eco a nuevas y maquiavélicas pretensiones de entrega de extensas zonas, para repetir el oprobio?


Ha sido a lo largo de la historia una probada verdad, que son los pueblos los que construyen su futuro y quienes se levantan de las cenizas para darse sus propios destinos; es el despertar de las conciencias y la moral colectiva, la que aparta de su seno a sus descarriados congéneres, para enarbolar con decisión, con carácter y con firmeza, las banderas de la reivindicación del sentir nacional, entendido este como el rechazo vertical a toda forma de violencia, como el reclamo firme a tener formas de vida digna, en donde el respeto por las libertades y los inalienables derechos de las personas, sea un código a seguir por autoridades y ciudadanos.

De nuestra firmeza y decisión para rechazar la violencia y el terrorismo, dependerá nuestro futuro y el de las nuevas generaciones; del decidido apoyo al gobierno que con carácter y determinación ha asumido el res-cate de las libertades ciudadanas y la lucha frontal contra esta narcotizada y terrorista banda de criminales, se dará la partida hacia la batalla final y las posibilidades de ver florecer la concordia en campos y ciudades; de la unión indisoluble de todo un pueblo, nacerá la razón que permita escribir en los anales de la historia y dejar como legado, este suceso irrepetible de la revolución de todo un pueblo, que con gallardía, grandeza y férrea voluntad, luchó en forma incansable por la conquista de sus limpios destinos.

En esta hora de la República, en donde la tozuda realidad señala el punto final a tanta barbarie, no pueden existir voces disonantes que avalen los grandilocuentes discursos que reconocidos áulicos y en oscura alianza reclaman para una horda de criminales nuevas oportunidades, repetidas formas civilizadas de diálogo, acuerdo humanitario, mesas de concertación y/o proceso de desmovilización, para restaurar el imperio sagrado de la ley y dejar para la Colombia del futuro un  país libre de este cáncer de la violencia y el terrorismo. Es imperativo asumir verticales posiciones de apoyo tanto a la Fuerza Pública como al gobierno, para que no haya pausa ni tregua en esta lucha frontal contra el delito y ese brazo fuerte y humilde de nuestros combatientes, sienta la decidida voz de sus conciudadanos y la fuerza moral de todo un pueblo, hastiado de horror y sangre.

Los últimos acontecimientos del cerrado apoyo internacional para no levantarles el mote de narcoterroristas y respaldar en forma franca y abierta la Política de Seguridad Democrática, es el contunden-te argumento que nos dice a propios y extraños, como la silenciosa causa de la verdad, como el ensordecedor clamor nacional y el agobiante sufrimiento de cientos de miles de colombianos de bien, están ad portas de ser una realidad y un resonante triunfo de la democracia.
Torpe e irresponsable sería en este definitivo despunte de nuevos horizontes, permitir gabelas en este momento oscuro de las FARC, en donde como castillo de naipes se derrumba su proyecto revolucionario, cuando su capacidad militar se mengua con el contundente asedio de las tropas, cuando su posición delincuente ha perdido toda legitimidad, cuando sus luchas intestinas por el poder ante el declinar irreversible del delincuente mayor, hace jirones su unidad y liderazgo, cuando a diario se ve el fenómeno alentador de masivas entregas y renuncias a una lucha sin sentido, cuando guerrilleros presos se apartan de la lista de canjeables y piden acogerse a la generosidad del gobierno y cuando la sangre de tantos inocentes clama al cielo por justicia y castigo.

Perderá para siempre el país su horizonte, cuando al contagioso moribundo se le permita remozarse con cesiones de territorio, prolongaremos sin sentido su anunciado derrumbe si volvemos ingenuos a otro circo de cámara y micrófonos, morirá la patria si caemos por enésima vez en el engaño, estaremos condenados a repetir la historia si al viejo monstruo le facilitamos el oxígeno que le permita revivir su sed de sangre y mereceremos el impla-cable juicio de la historia, cuando por nuestra inferioridad al momento histórico de eliminar el cáncer que como estigma lacera el alma del pueblo, le aplicamos la dosis de la indolencia y el olvido de la responsabilidad ciudadana de aportar al re-nacer de nuestro merecido destino.