CUERPO DE GENERALES Y ALMIRANTES EN RETIRO
DE LAS FUERZAS MILITARES DE COLOMBIA

 

LA GUERRA POLÍTICA
Mayor General Alberto Guzmán Molina


No obstante, han pasado ya varios días desde la operación “Jaque,”  la gente se resiste a voltear la página. Quiere seguir viviendo la euforia que se produjo en el momento en que se dio a conocer el resultado. Su espectacular desenlace, calificado con razón, de película, llegó a tocar emocionalmente el alma de la Nación.


El efecto que produjo, repercutió en el mundo entero, dando origen a los más elogiosos comentarios sobre la capacidad actual de nuestra Fuerza Militar. El impecable planeamiento en el que participaron oficiales de diferentes especialidades y de sobresaliente preparación, fue noticia que ocupó las primeras páginas de la prensa en todos los continentes. Nada faltó. Por el contrario, hubo derroche de valor, originalidad, osadía, ingenio, creatividad.


De igual manera, autorizados comentaristas, se refirieron a  la magistral ejecución de la Operación, que puso de manifiesto cualidades inéditas en los miembros del Ejército. Que las llevaron a la práctica en el momento preciso y con la mayor naturalidad, sorprendiendo a todo el mundo con sus aptitudes histriónicas y demostrando un completo dominio de la mente y de los sentidos, en situaciones excepcionalmente tensas como las que se vivieron. De no haberse interpretado el libreto a la perfección, como en efecto lo hicieron los oficiales que integraron el equipo de rescate, el resultado se hubiera podido frustrar, pasando posiblemente a ser catastrófico.


Tampoco se puede dejar en el olvido, la multitudinaria manifestación del 20 de julio en Colombia que tuvo sonoro eco en cincuenta de las más grandes urbes del mundo. Millones de colombianos se volcaron a las calles de ciudades y pueblos para respaldar con su presencia al Presidente de la República y a las Fuerzas Armadas y para exteriorizar su total rechazo al secuestro y en general a los violentos. Extraordinaria lección de patriotismo, de optimismo, de solidaridad, de fe en las instituciones legítimas, la que se recibió del pueblo colombiano, ese día en que precisamente, se celebraba nuestra independencia.


Los anteriores episodios, totalmente diferentes, pero en el fondo conexos, hacen que se perciba un clima nacional de respaldo casi unánime a la Política de Seguridad Democrática, propicio para que de una vez por todas, se afronte con decisión la guerra política. Para que el país despierte ante esta agresión, que por desarrollarse generalmente en la sombra, puede dar la sensación de que no existe. Las alarmas están sonando desde hace rato y son verdaderamente inquietantes.


La información contenida en el computador de Raúl Reyes para citar solamente una fuente, da una idea clara de la forma soterrada como vienen actuando en contra de Colombia, personajes nacionales y extranjeros; que traicionan la confianza que les han dado y aprovechan las altas posiciones que ocupan para conspirar. No hay que perder de vista, que la guerra política, se dirige y estimula desde encumbrados escritorios, algunos en altas dependencias oficiales.


Sin afán aparente, avanzando dos pasos y retrocediendo uno, como en una especie de  “estrategia de guerra prolongada”, en que el tiempo juega a su favor, lobos con piel de oveja camuflan entre sofismas sus verdaderas intenciones. Orquestada por cuestionados politiqueros locales, con la complicidad y apoyo de extranjeros de mala conducta y suficiente poder para hacer daño, esta estrategia, sin duda alguna, tiene como meta  desestabilizar el gobierno democrático que nos rige, con miras a instaurar otro de tinte marxista, inspirado en el fracasado socialismo, que sus auspiciadores decidieron llamar del siglo veintiuno.


En la guerra política, al igual que en las demás guerras, las Fuerzas Militares constituyen un blanco estratégico de alta prioridad. Por ello mediante artimañas jurídicas, el enemigo busca eliminar el puntal decisivo de la Política de Seguridad Democrática. Se ensañan en los oficiales más brillantes y destacados, los más comprometidos en la lucha contra el terrorismo. Utilizando testigos falsos y teniendo como argumento la calumnia, se dan a la tarea de inventar novelones orientados a destruir a toda costa la carrera de los oficiales. Fieles a su doctrina, cumplen al pié de la letra la tesis de que todas las formas de lucha son válidas.


Pero el colmo de los colmos como diría Perogrullo, sucedió hace pocos días. Desnudando una frustración, nacida del formidable resultado de la Operación “Jaque,” que aun les duele y los trasnocha, han tratado de minimizarla y de paso, desacreditar al Ejército y al Gobierno. Desestiman los aplausos del mundo entero a la vez que el excepcional concepto de una de las personas liberadas que, ante las cámaras la calificó “perfecta”. Que no tiene parangón en la historia reciente, porque no existe ni ha existido otra que se le asemeje. Que sin disparar un solo tiro porque no  portaban armas, pero si ingenio y valor, héroes de Colombia rescataron de las garras de sanguinarios  terroristas, a quince seres humanos que por años permanecieron secuestrados y confinados en la selva, en lamentables condiciones.


¿Podría alguien con una mínima dosis de sensatez y de honradez mental, poner en duda el inmenso beneficio que se logró y la forma impecable y limpia como se llevó a cabo la Operación? La respuesta es sí.
“Viudas del terrorismo”, hacen apología a sus delitos sin que sean requeridas a responder, no se sabe por qué razón. Profundamente heridas en su ego, no se reponen del golpe sufrido por sus pupilos. Quieren por sobre todo “levantarles la moral” y cual plañideras a sueldo, han salido a lloriquear por los medios tratando de demeritar con pueriles argumentos, la pulcra acción llevada a cabo por oficiales de las más altas calidades profesionales y morales. Para cumplir su triste papel, han contado con el apoyo de los periodistas de siempre, que nunca han brillado por su objetividad, que publican lo que conviene a sus intereses así sea en contra de la evidencia.

 
Es cierto. Entre  las instituciones que conforman el Estado colombiano, la Militar es la que goza de mayor aceptación, prestigio y credibilidad. Cierto es también, que analizada la Nación como un todo, el número de delincuentes que podrían atreverse a conspirar contra Colombia y sus Fuerzas Armadas, es mínimo. Pero también es cierto, que esos indicadores, evidentemente  positivos, no deberían ser óbice para desestimar la amenaza. Menos debería serlo, para que el Estado afronte el reto de la guerra política, con la decisión que se requiere. La capacidad de gestión que tiene la subversión para ocasionar graves daños a la democracia colombiana, sigue intacta.