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La visión de un neófito ante la Operación Jaque
Por Eduardo Mackenzie París, 29 de julio de 2008
Dicen que Homero, errante y ciego bardo cuya leyenda se pierde en las brumas del siglo octavo antes de Cristo, no era tierno con los enemigos de Grecia. El postulaba, en efecto, que a éstos había que causarles el daño más grande posible. El creador de Ulises, el astuto rey de Itaca, inventor de la artimaña del caballo de Troya, concluía que contra aquellos había que emplear el engaño en todas sus formas. Tucídides, quien vivió cuatro siglos más tarde, confirma esa idea al constatar en su Historia de las Guerras del Peloponeso que el mejor general es aquel que puede concebir las mejores estratagemas.
En la Operación Jaque, quince secuestrados “políticos”, fuertemente custodiados por varias docenas de guerrilleros de las Farc, fueron rescatados por el Ejército nacional el 2 de julio de 2008. Sin disparar un tiro, esa acción estuvo, sin duda alguna, a la altura de los postulados de los dos autores clásicos citados y de los subterfugios militares que cambiaron el curso de la Historia. Esa acción habría sin duda llamado la atención del viejo Sun Tzu, quien decía que “el arte supremo de la guerra es someter al enemigo sin combatirlo”.
Ese golpe sorpresivo en el Guaviare, en el que la fuerza le cedió el paso a la desinformación y a la astucia, logró arrancarle, a la organización guerrillera más fogueada y temible del hemisferio occidental, sus víctimas más valiosas, es decir un grupo clave de rehenes, colombianos, franco-colombianos y norteamericanos, con los que ella aspiraba a poner de rodillas a Colombia.
El empleo paciente, minucioso e impecable de tres elementos de la lucha militar de todos los tiempos, la infiltración, la desinformación y la manipulación del enemigo, instrumentos un tanto olvidados en los momentos actuales, podría ser el inicio de una nueva fase, mucho más compleja y eficaz, de la ofensiva del Estado colombiano contra el terrorismo.
Hasta hace unos años, ante el avance de la depredación y de la barbarie guerrillera, la respuesta defensiva de tantos gobiernos colombianos fue oponer una resistencia militar y policiva puntual, inmediata, cortoplacista. Tales esfuerzos estaban enmarcados por una lógica explícita de ataque-contraataque, de golpe de las fuerzas irregulares y de contragolpe de las fuerzas del Estado, a lo que se combinaba, finalmente, una deplorable serie de concesiones importantes a la subversión de parte de la élite gobernante, en los terrenos político, militar, intelectual y cultural.
Ese modo de enfrentar la subversión armada, que llevó a desastres que toda la nación colombina tuvo que padecer, parece ser hoy cosa del pasado. En menos de seis años, las fuerzas del Estado lograron, mediante una política de firmeza y astucia en el terreno militar y en el campo político, inspirada por la doctrina de la seguridad democrática, reorganizarse y desmantelar las organizaciones paramilitares de extrema derecha y destruir la unidad, la estabilidad y la arrogancia del bloque narco-guerrillero.
Los otros golpes más recientes contra esa organización (las muertes de Raúl Reyes, Manuel Marulanda, Iván Ríos, la captura de numerosos cuadros terroristas importantes, el destape de redes y solidaridades en el exterior) fueron el fruto de una combinación de acciones inteligencia y contrainteligencia y de proyección de fuerza de nuevo tipo, donde el factor engaño-manipulación del enemigo está jugando un papel destacado.
Nadie puede olvidar las lecciones de la Historia. Las operaciones decisivas de la Segunda Guerra mundial estuvieron precedidas, muy exactamente, por acciones de intoxicación del adversario. Buena parte del triunfo se debe a ello. Un organismo, bajo la dirección de John Bevan, amigo personal de Churchill, dirigía desde 1941 específicamente la guerra de la desinformación. Los eficientes servicios de espionaje de Hitler fueron intoxicados sobre las ofensivas aliadas en Normandía, Sicilia y África del Norte. Un año antes del primero, el 6 y 7 de junio de 1944, las fuerzas aliadas que liberarían Europa del yugo nazi, hicieron creer a los espías alemanes por diversas vías, que el desembarco en Francia estaba previsto para el 1 de septiembre de 1943, en las costas de Calais, donde el Canal de la Mancha es más estrecho.
Los aviadores alemanes fotografiaban enormes hileras de tanques, camiones y aviones aliados en las regiones de Kent y Sussex y los creían listos a lanzarse sobre esa región. Eran, en realidad, construcciones en cartón y madera. La información periodística, diplomática y técnica falsa producida expresamente por los planes Starkey y Body Guard funcionaron bien: la aviación de Hitler y el 15 ejército del General von Salmuth fueron estacionados en la zona de Calais y fueron bombardeados copiosamente por la aviación aliada. El engaño fue tan profundo que, dos meses después del desembarco en Normandía, Hitler seguía creyendo que éste no era más que un amago y que el verdadero asalto vendría por Calais.
La lucha antiterrorista actual plantea dificultades específicas. La tipología y métodos de los nuevos grupos subversivos, algunos de los cuales llegan a prescindir de bases territoriales estables y de un centro de dirección único, plantea enormes desafíos a los servicios de defensa de los gobiernos democráticos. La información crucial no circula ya en contextos amplios sino en pequeños cenáculos ultra protegidos. Ella puede hallarse en la memoria de un individuo, en un computador banal, en el chip de un teléfono portátil. Penetrar y manipular personas que hacen parte de esos círculos cerrados y paranoicos es indispensable, aunque muy difícil. Por eso, la Operación Jaque, cuyos resultado exitoso deriva de largos meses de cuidadosa infiltración e intoxicación de un medio hostil y alerta, y de una realización final sin armas que exigía altas dosis de coraje y sangre fría, merece la admiración de todos los colombianos de bien y de sus amigos y aliados en los cinco continentes.
Eduardo Mackenzie
Periodista
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