CUERPO DE GENERALES Y ALMIRANTES EN RETIRO
DE LAS FUERZAS MILITARES DE COLOMBIA

 

Injustas condenas

Con motivo de la celebración de la victoria al final de la guerra, el Comandante en Jefe y sus Generales hacen su presentación formal ante la historia y registran en ella los logros alcanzados, las grandes ejecutorias y los hechos fulgurantes forjados por los héroes. Hacen partícipe de la victoria al pueblo y a lo largo de imponentes desfiles militares, reciben el merecido reconocimiento del saludo y del aplauso.Viene a continuación el proceso de desmovilización. La capacidad instalada en el órden bélico se va desmontando y el personal se va reintegrando a la actividad privada dentro de la sociedad. Las puertas se abren en los diferentes campos de la economía. El mercado laboral absorbe esta gigantesca oferta de trabajo.

Entre quienes, al final de la Segunda Guerra Mundial, tomaron el camino de la política, desta-camos, por ejemplo, los casos de los generales Eisenhower quien llegó a ser presidente de los Estados Unidos y De Gaulle quien llegó a ser presidente de Francia. Pero en medio de esta agitación no tarda en notarse que algo falta. Los que no regresaron. Los muertos en combate y los prisioneros de guerra. Los primeros mitigan en parte el dolor con un aparente mensaje de resignación y los segundos, a pesar de la herida abierta, tratan de calmar la angustia familiar con la posibilidad del canje de prisioneros. Si traslada-mos estas últimas consideraciones a nuestra situación tendríamos que anotar que en Colombia las puertas no se abren con facilidad a los miembros de la Institución, lo que se abre son las investigaciones y los expedientes en función de la guerra política con una mentalidad francamente revanchista.Pero en cuestión de honores, aplausos y reconocimientos nos ha dado por tomar y mantener la delantera. El desmedido afán de protagonismo, el deseo de figurar más de la cuenta y en general la debilidad por la publicidad, terminan por saturar a la opinión pública y alcanzan, como en el caso de la operación Jaque, a distraer y a confundir a la gente, e inclusive a empañar tan extraordinarios resultados. El triunfalismo en exceso es inconveniente.Asumiendo que por fin en Colombia terminó la guerra y con gran satisfacción profesional la actual dirigencia formalizará su retiro, los colombianos todos despedirían a cada uno de sus integrantes con mensaje de eternas gratitud. En ceremonia especial recibirían los honores merecidos. Tal vez ellos colocarían una corona de laurel ante el monumento a los héroes, y una ofrenda floral ante la tumba del soldado desconocido. Pero alguien pudiera sugerir que como último acto del programa, le diera un postrer adiós a la cárcel del soldado abandonado. Detrás de las rejas de las cárceles se encuentran miembros de la Institución cuyo único pecado fue haber servido a su patria con valor, con dedicación y en medio de privaciones, riesgos y muchos sacrificios. Personas que se la jugaron toda en el cumplimiento del deber; las hay desde el soldado hasta el General, desde quienes están empe-zando en la vida hasta quienes aspiran a pasar los últimos años con los suyos; ellos son los que confiaron en el Fuero, los que aspiraron a ser juzga-dos por sus propias cortes, los que no vacilaron a pesar de las repetidas amenazas de acabar con la Justicia Penal Militar.

Ellos son los que, a pesar del desconcierto, la amargura del aislamiento y el enorme peso de la larga condena que tendrán que pagar, aun guardan una moderada y remota esperanza de que algún día no muy lejano alguien se acuerde de ellos y promueva una campaña tendiente a desmontar semejante injusticia. Ellos son los que con su entereza e hidalguía han contribuido a enfrentar con éxito las tentativas del enemigo de quebrantar la voluntad de lucha de los integrantes de nuestro estamento armado. Ellos son nuestros compañeros, aquellos que no se pueden olvidar.Pero lo que resulta un tanto desconcertante es que la gran mayoría de nuestros compatriotas, las fuerzas vivas del país y la clase dirigente, no quieran darse cuenta que el verdadero concierto para delinquir está del otro lado.

Del lado en donde, a la manera y dentro de la modalidad de una multinacional, con sobrados recursos económicos, siguiendo consignas universales de la extrema izquierda y con inocul-table interés de obtener jugosas indemnizaciones a través de condenas a la Nación, personas sin escrúpulo, organizadas en verdaderos carteles, tratan de llevar a la cárcel a cuanto miembro de la Institución esté a su alcance, ya sea por acción o por omisión en los actos del servicio. El modelo de exterminio profesional es calcado e importado de lo que está ocurriendo en ese sentido en el Cono Sur. Pero registremos con beneplácito y exaltemos como referencia el hecho de que la arremetida que viene con furia de sur a norte, tuvo que pasar de largo frente a Brasil, allí no se prestaron para semejante juego.

Qué bueno para ellos. Por eso es que ese país está llamado a ser potencia.En Colombia, solamente el Estado actuando como un todo, con sentido de patria y con grandeza, pudiera encontrar una solución a la lamentable situación en la que nos encontramos atrapados y en la que, además de la violencia y la corrupción, el enfrentamiento entre los poderes públicos está incidiendo desfavorablemente y en materia grave.

Con frecuencia se abusa del poder, despojando del Fuero y de la Jurisdicción Penal Militar a quienes la Constitución les da esa garantía, para mencionar lo que se considera más grave. Y también facilitando, por ejemplo, el ingreso de personas que se pueden considerar enemigas de la Ins-titución a cargos importantes de la Rama Jurisdiccional desde donde, en muchos casos, pareciera que no se administrara justicia sino que se dosifica la venganza.Pero hablando de abusos del poder, se trae como ejemplo el emble-mático caso de Maximilien de Robespierre, líder de la Revolución Francesa. El incorruptible como se le llamaba, fue haciendo suyos todos los poderes. Envió a la guillotina a sus enemigos y también a sus amigos. Hizo caso omiso a los llamados de la Convención para que cesara el régimen del terror. Siguió adelante y entonces se escuchó a alguien decirle en voz alta, algo así como “Robespierre, también caerás”.

Días después fue enviado a la guillotina y su cabeza y su cuerpo fueron brutalmente separados por la misma cuchilla con que abusó del poder y con la que cometió tantas injusticias.