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Venezuela e Irán: La apuesta petrolera
En estos días el Canciller venezolano se ha paseado por las tierras del aliado lejano de su país. Aliado lejano, no sólo en el sentido geográfico, sino en otros términos como el ideológico: el venezolano se identifica como un gobierno en la ruta del socialismo del siglo XXI y el iraní se monta sobre el fundamentalismo islámico, de tintes fascistas si se quiere, antiliberal y enemigo de la modernidad política. Ahmadinejad, el estrambótico presidente iraní ha encontrado en Chávez un alter ego con quien compartir su discurso antiimperialista, su histrionismo publicitario y sus pretensiones de gran potencia. Por supuesto, son dos historias muy distintas las que han recorrido como Estados y como sociedades, pero encontraron una identidad forzada en el petróleo y en su posición antiestadinense.
Pero ¿qué significan realmente en la balanza de poder en el mundo? No se trata de subestimar la influencia que puedan alcanzar ni el apoyo mutuo que se puedan brindar.
Pero tampoco exagerar el peso de esta alianza en las duras realidades de la geopolítica global. Venezuela, el séptimo país exportador de petróleo e Irán, el cuarto, juntos alcanzan un total de 4.7 millones de barriles diarios, la mitad de lo exportado por Arabia Saudita, el segundo productor del mundo detrás de Rusia. Están separados por miles de kilómetros y sus intereses como Estados son muy diferentes, amén de su lejanía cultural. La alianza es relativa porque muy poco apoyo se pueden brindar en caso de crisis. Ni el uno ni el otro son grandes economías en el conjunto mundial y su poder militar está muy lejos de representar una amenaza para las potencias grandes y medias. Así las cosas, qué los une?
Los une la posición anti Estados Unidos y el afán de buscar apoyos entre los “excluídos”, la personalidad desafiante y proclive al exhibicio-nismo de sus líderes y la pretensión parecida de exportar un modelo de “revolución” autóctona. En el fondo populismo.
En la práctica la alianza no se ha materializado sino en unos cuantos renglones que no suman un volumen impresionante de intercambios. Una fábrica de tractores, el ensamblaje de un avión civil monomotor, el mantenimiento probable de aviones de combate F-5 de origen americano, adquiridos en los dos países hace más de treinta años y el no comprobado proceso de explotación de mineral de uranio (asunto nada fácil en condiciones de clandestinidad)
El gobierno venezolano busca con afán, influir en la comunidad internacional y establecer en cabeza de su presidente una especie de liderazgo como el que tuvieron en su oportunidad Nasser, Tito y Nehru en los No Alineados. Pero no sólo algo va del mundo de hace cuarenta años a hoy, sino que mucho va del trío mencionado al presidente Chávez.
Los influidos de hoy son países pequeños que reciben dádivas pero que no pueden ser recíprocos en apoyos más allá de lo retórico y en una que otra votación en los organismos internacionales. Los países más grandes que Venezuela, se le acercan para instrumentalizarla a favor de sus propios intereses: Argentina que encuentra en el nuevo socio alivio para sus finanzas. Brasil que se convierte en presencia grande en el mercado venezolano y recibe contratos de infraestructura a manos llenas, pero que en el fondo no acepta, y desafía, las pretensiones venezolanas de liderazgo en América del Sur. Rusia gana por punta y punta: vigoriza su industria bélica con los petrodólaressuramericanos y aprovecha para pagarle con moneda equivalente a los Estados Unidos lo que considera intromisión norteamericana en su “patio trasero” de Asia central y del Cáucaso. Es decir convierte los delirios expansionistas de Chávez en peón de su juego geopolítico. Irán, en su irreductible posición, encuentra también un alivio a su aislamiento en gobiernos como el venezolano. Pero la sinergia de potencia no es mayor; “falta pelo pal´moño”, diría un cachaco. La lección de todo esto es clara. Hacer protagonismo sin poder real que lo sustente es fatal en política.
La incontinencia verbal nunca ha producido confianza en las relaciones internacionales y sobrepasar las posibilidades propias lleva de cabeza al desastre.
Comprar armas como si fueran juguetes en feria, no convierte a un Estado en potencia militar: como en el teatro, detrás de la parafernalia se necesita un equipo de actores apto y un director con oficio si se quiere un desempeño de calidad. Integración social, identidad política, desarro-llo científico, tecnológico y cultural, capacidades técni-cas e infraestructura, son condiciones, sine qua non, para un proyecto de gran potencia. Vale la pena recordar en este punto una anécdota que trajo alguno de los números de la extinta Life en español, por allá en 1956. Bourguibba, el legendario e imprevisible dirigente de la independencia tunecina, lanzó contra la base naval francesa de Bizerta, sita en Túnez, quince mil o más milicianos para tomarla por la fuerza.
Mil cien legionarios defendieron la base y vencieron. Un reportero de Life le pregunta a uno de los curtidos legionarios cómo pudieron contener una fuerza tan dispar en tamaño. El legionario contestó secamente: no basta tener un fusil. ¡Hay que saber manejarlo!
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