CUERPO DE GENERALES Y ALMIRANTES EN RETIRO
DE LAS FUERZAS MILITARES DE COLOMBIA

 

Obama en un mundo cada vez menos Estadounidense

La nueva administración estado-unidense enfrenta un mundo cada vez más inestable y volátil, con desafíos simultáneos en diferentes puntos del planeta, que exigen valoraciones y respuestas desiguales, de acuerdo a su interés nacional. Las primeras semanas del nuevo gobierno han girado alrededor de aquello que, sin duda, representa su preocupación central: la profundización de la crisis económica y la presión social y política generada por el aumento sensible del desempleo.

Como era de esperarse, las expectativas provocadas por los medios de comunicación de influencia y simpatía demócrata en el resto del mundo, han quedado poco a poco en su justa dimensión: pocas sorpresas y mucha confu-sión, y en gran parte por la inercia que muchas decisiones de política exterior mientras se consolidan los nuevos equipos en las depen-dencias claves de la proyección del poder estadounidense. Durante su administración, al menos en materia de seguridad y defensa, el presidente estadounidense no la tendrá fácil. De un lado, la herencia de George W. Bush, que en algunos escenarios no ha dejado los sinsabores, desconfianza y resentimientos que tanto se han pregonado, es sin duda su principal referente; por otro, deberá aceptar la irrupción o afirmación de los nacientes liderazgos político-militares regionales hacia los cuales debería acercarse como socio y no como hegemonía, de manera creíble, y, finalmente, tendrá que afinar sus dispositivos institucionales conven-cionales para administrar, de forma compartida con sus pares de la Federación Rusa y China, la gestión de los grandes problemas y desafíos a la seguridad global, durante los próximos 4 años. Estos tiempos que se acercan no serán fáciles en ninguno de los aspectos de la convivencia social y política humana, y de momento, sus manifestaciones superan la capacidad, funcionalidad y representatividad de las organizaciones mundiales y regionales, así como los instrumentos tradicionales que hemos conocido que enfrentar sus causas y dinámicas.

Inicialmente, la tensión asiática propiciada por la acción norcoreana ha dejado al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas con una condena que al parecer ya no cumple los efectos deseados en las relaciones internacionales. Acom-pañan este panorama el deterioro de las condiciones políticas y de seguridad en Irak, Afganistán y Pakistán, escenario que en su conjunto absorbe gran parte de la preocupación e intereses del presidente Barack Obama. En Africa, dos eventos llaman la atención, por las implicaciones que tienen en el diseño de un futuro orden global: por un lado, las actividades de la piratería somalí, en particular contra buques y personal civil estadounidense, se enfrentó con la liberación del secuestrado y la muerte de varios piratas, asunto que agudizó las tensiones y dejó, como precedente para los demás miem-bros de la coalición global contra ese delito, la acción armada de Estados Unidos; y por otro, en medio de una problemática regional más amplia, se destaca el rechazo por parte del presidente de Sudán -con el respaldo de la Unión Africana y la Liga Arabe- de la orden de captura emitida por el fiscal de la Corte Penal Interna-cional en su contra, al señalarlo como responsable de la profunda crisis humanitaria en Darfur. Desde el Medio Oriente, la cuota de incertidumbre y provocación la aportan Irán e Israel, cuyos go-biernos, desde orillas opuestas, colocan al presidente Obama en una situación extremadamente difícil que ha tratado de manejar con su determinación por la creación de un Estado palestino. En Europa, en medio de la diversidad de problemas y contradicciones que sacuden a la Unión a partir de su palpitante heterogeneidad sacudida por la crisis económica, el referente más importante, sin duda, es la proyección regional de la Federación Rusa, en primera instancia, y su revitalizada vocación global como poder influyente en las relaciones internacionales actuales.

Y, finalmente, desde América Latina, los resultados de la V Cumbre de las Américas no despejaron las inquietudes que se habían mani-festado sobre el desenlace de las tensiones inherentes que surgen a partir de los diferentes proyectos subregionales de cooperación e integración (ALBA y UNASUR, por ejemplo), la rivalidad de liderazgos latinoamericanos y la viabilidad de enfrentar, de forma interamericana, las principales amenazas a la seguridad subregional sobre la base de credibilidad, confianza mutua y certeza en la claridad al identificar sus causas. En este marco regional, la administración Obama enfrenta un desafío inédito: la irrupción de los actores extra-hemisféricos en la política interamericana. Está China, ahora con una presencia decisiva en el BID; también la Federación Rusa y sus alianzas comerciales y político-militares con los “Estados-no vinculados” a las proyecciones inicialmente mencionadas, y que eventualmente se verían a sí mismos como “fronteras” de los proyectos subregionales tales como Venezuela, Ecuador y Bolivia. Por su parte, Irán con su proyecto de resistencia islámica antiimperialista e internacionalismo. Y merodeando la región, la nostalgia de españoles y franceses.

Frente a este panorama desafiante y sin antecedentes, ¿cuáles son los primeros indicios y señalamientos que funcionarios de la administración demócrata han fijado en diferentes declaraciones y reuniones de carácter internacional, en donde la posición de Estados Unidos se registra con interés político? Debemos recordar que, desde muy pronto, personajes como Dennis Blair, Hilary Clinton, Robert Gates, Thomas Shannon, Joseph Biden y el mismo Obama, dejaron ver sus apreciaciones sobre los intereses estadounidenses en diferentes eventos y escenarios políticos, como en la 45ª Conferencia de Seguridad de Munich, el periplo asiático de la Secretaria de Estado y su visita a México, las declaraciones ante comisiones del Congreso sobre las amenazas a la seguridad he-misférica, la participación del Presidente en los 60 años de la OTAN, los primeros viajes de los delegados especiales para Medio Oriente y Afganistán y las inter-venciones del mandatario estado-unidense en Trinidad y Tobago. Debemos agregar, recientemente, las dos declaraciones de la Secre-taria de Estado ante comisiones del Congreso en las que fijó las prio-ridades geoestratégicas de la nueva administración, y la entrega del informe sobre la dinámica global del terrorismo.

Más allá del lenguaje y de los adornos mediáticos que captan el entusiasmo internacional por el presidente Obama, la nueva administración enfrenta, al tiempo, la inercia de la doctrina anterior, la permanencia del personal que integran los equipos de política exterior y defensa, y la necesidad de interpretar y balancear las expectativas globales con las necesidades estadounidenses. Los hechos mostrarán, más adelante, que Obama no es diferente, en esencia, a las tradiciones impe-rialistas de los diferentes gobiernos que han decidido sobre la política exterior de Estados Unidos. Quizás no será la “guerra preventiva”, tan seductora en otras latitudes y coyunturas políticas, pero despunta, de nuevo, el “imperialismo huma-nitario” de Bill Clinton y los franceses de la década de 1990, más afecto a sus aliados occidentales y con una imagen más fácil de vender en los medios transnacionales de comunicación, así haya fracasado de forma cruenta y escandalosa, en su momento, también.


 

 

 

Doctor JUAN CARLOS EASTMAN ARANGO
Asesor del Insttituto de Estudios Geoestratégicos y Asuntos Políticos(IEGAP) de la Universidad Militar Nueva Granada