El polígrafo
Parece que ya ha amainado la borrasca que generó el ‘detector de mentiras’ como ingenio para preservar el honor de las Fuerzas Militares. Inicua fue la profusa información que los medios, las columnas de opinión y las insti-tuciones castrenses le dieron al tema. Los acalorados debates no permitían intentar hacer una aproximación de conveniencia o inconveniencia de su utilización sin tener que tomar partido entre quienes apoyan el uso del aparato porque se consideran guardianes de la honestidad y de la moralidad de las actuaciones de los militares y entre los que, con una cierta sonrisa, pensamos que ese embeleco más quita que pone, porque hasta hoy no se ha descubierto nada que pueda establecer la sutil dialéctica de la mentira.
El hervor comenzó cuando algún colaborador ‘oportuno’ recomendó, para prevenir posibles conductas reñidas con la ética de los futuros mandos, someter a los coroneles y capitanes de navío a la socorrida máquina, como requisito previo para ingresar al curso de Altos Estudios Militares, sin darle mayor calificación a las recomendaciones de la Junta Asesora conformada por el Colegio de Generales y Almirantes, cuyos miembros conocen por años a los postulantes y sus familias, y saben de sus aptitudes, sus fortalezas y sus aficiones. Esa larga y constante observación y supervisión queda supeditada al inextricable registro electrónico, que expertos con alta calificación en estas tecnologías -¿los tendremos?- tratan de interpretar afincándose en sus estudios, en su experiencia o, en últimas, valiéndose de otros ordenadores, sin que su lectura sea trasunto de veracidad. Ellos siguen un método que carece de validación científica. Por esta razón las Academias de Ciencias y, en general, las organizaciones científicas denigran que adolece de confiabilidad.
El polígrafo es, ni más ni menos, un instrumento de registro fisiológico. Generalmente representa la presión arterial, el ritmo cardiaco, la tasa respiratoria y la respuesta galvánica o conductancia de la piel. Es comúnmente conocido por su uso como ‘supuesto’ detector de mentiras, sin validación científica alguna pese a su credibilidad en la cultura popular y en algunas entidades estatales y privadas. Funciona marcando las discordancias entre la emisión de datos y su correlación con pensamientos alternos, en su evocación emotiva, que provocan variaciones en las constantes orgánicas. Estas son diferentes para cada sujeto pero, se presume que la persona crea una tensión frente a la verdad cuando ostensiblemente engaña sobre un asunto específico.
Es imposible, dice la Enciclopedia de Google, saber qué piensa una persona, pero se puede medir la reacción corporal frente a un determinado tema sobre eventos comparados en la memoria del sujeto. “La bioquímica se relaciona en forma lineal con el estímulo, el pensamiento y la emoción produ-ciendo una adecuación fisiológica que genera una respuesta conductal que es posible medir. Sin embargo, la emoción y la adecuación no han podido demostrarse mediante el uso del método científico”.
La policía de los Estados Unidos sostiene que “las respuestas fisiológicas de una persona cambian en forma medible cuando mienten”; en Europa se usa el detector para procesos de pre-empleo espe-cialmente en áreas de seguridad; algunos países aceptan su utilización como prueba de descargo del encausado pero, ningún sistema, para establecer evidencia de una sospecha.
La plataforma Leapfish (www.leapfish.com) cuando maneja el tema dice que “no se puede preguntar sobre creencias religiosas, actividades o inclinaciones sexuales, opiniones sobre temas raciales, actividades o afinidades políticas, actividades o afiliaciones sindicales”, entre otras, y completa la información indicando a quien no se debe someter a una prueba poligráfica: “cualquier persona que no aporte su consentimiento por escrito,
menores de edad y personas no explorables determinadas”.
Aldrich Ames, el conocido agente doble que residía en la Unión Soviética, superó sin problemas las pruebas aplicadas por expertos de la CIA. Él utilizó unas contramedidas sencillas para eliminar cualquier eficacia residual del detector: “duerma bien, descansa y acude a la prueba relajado, sé simpático con el operador del polígrafo, establece buena relación y sé cooperativo”. En efecto, no lo detectaron.
Repasemos un poco: el detector registra la frecuencia cardiaca, la resistencia eléctrica de la piel y la presión arterial. La sudoración reduce la resistencia eléctrica de la piel; el corazón se acelera cuando se miente; y la presión arterial está relacionada con el aumento del nivel de ansiedad. Para detectar las alteraciones la sesión se comienza con preguntas neutras para medir parámetros y compararlos con las reacciones frente al interrogatorio de fondo. Muchas personas pueden mentir con toda naturalidad especialmente si tienen formación actoral porque aprenden a dominar el pánico escénico.
En todo caso dice Wikipedia (Enciclopedia Libre de): “la persona interrogada ya está en una situación de estrés y es posible que diga la verdad y al mismo tiempo el polígrafo indique que miente”. Esto se conoce desde el principio; hace años se sabe que el polígrafo no sirve para “detectar mentiras” sino para intimidar al interrogado. En general, quien llega al detector de mentiras ya está juzgado y condenado de antemano, pero no existe un solo estudio serio que demuestre que el polígrafo sirva para saber si alguien miente o no. es una especie de instrumento indoloro de tortura. Es un hecho que la mayoría de los psiquiatras, psicólogos, neurólogos y otros científicos coinciden en que hay poca base para la validez de las pruebas. La Corte Suprema de los Estados Unidos y la Judicatura española, entre otras prestigiosas entidades, han rechazado reiteradamente su uso debido a su inherente “falta de confiabilidad”. Su utilización se considera una manifestación de pseudociencia.
Existen muchas fobias. Una de ellas es el temor que produce una silla odontológica. El paciente conoce de antemano que es un mueble amigable y necesario que facilita el trabajo del doctor y que de esta atención saldrá beneficiado en su salud. Pero el consultorio le produce estrés y le genera reacciones corporales involuntarias a pesar de que advierte los beneficios que va a recibir. El polígrafo sí que genera estrés. Partimos de que no es amigable, porque del registro electrónico que produzca y la interpretación que dé a esos gráficos el vidente que lo emplea, depende el futuro de la carrera del militar y por ende el bienestar de su familia; además, si no supera la indagación, sabe que se generará sobre él una duda que lo acompañará en el futuro personal como su sombra. Por esto, esa prueba produce “aprensión, incertidumbre o tensión surgidas de la anticipación de una amenaza real o imaginaria”, definida por Papalia (Diane E.) como sentimiento de ansiedad. Es posible, entonces, que ante la prueba, el curtido oficial “vibre” y la reacción emotiva sea registrada en el equipo generando un error que el mando militar por ninguna razón busca.
Se publican revistas de sugestiva factura que financian los fabricantes de estos equipos donde se ponderan sus bondades. En estas publica-ciones falaces, los promotores no sólo mienten sino que saben que mienten. Esto recuerda la paradoja griega del mentiroso que confesaba estar mintiendo. Las limitaciones del polígrafo son superiores al peligrosísimo pentotal sódico utilizado como “Suero de la Verdad”. Además, la necesidad de saber con certeza cuándo una persona miente, comienza su largo camino con los iluminados y los nigromantes; sobrepasa cuentos y leyendas; continúa con sueros y pócimas y, en ese afán, la alquimia por la verdad, en la modernidad, alcanza el vasto mundo de la electrónica.
¿Qué ocurriría si funcionarios públicos como notarios, jueces, fiscales, ministros, diplomáticos, senadores, diputados… tuvieran que pasar por un polígrafo y contestar preguntas directas sobre su patrimonio, su familia, sus amores, sus compromisos políticos, o sus historias personales? Sencillamente no lo harían por dos razones: porque si pesa duda sobre su integridad no deben ser considerados para el cargo; y, si su idoneidad profesional, moral y ética va a ser avalada por un aparato, tendrán que esperar mucho tiempo, porque hasta hoy no existe en el campo de la inventiva humana un sensor electrónico que pueda auscultar el alma de los hombres.
La paz y la salvaguardia de los derechos humanos son los compromisos del mundo de hoy. El trato digno es la base para el mantenimiento del respeto y la disciplina en el trajín militar. La responsabilidad de los superiores de evaluar, calificar y proponer los ascensos de sus subordinados no es delegable ni puede confiarse a la lectura impersonal de un registro electrónico. Estas pruebas, dise-ñadas para detectar inconsistencias y contradicciones en declaraciones
de delincuentes, no tienen cabida en una Institución fortalecida por prístinos valores éticos, porque atropellan los derechos de sus miembros y violentan su dignidad.
El interrogatorio que se hace para el registro del polígrafo afrenta, así se diga que es para descartar posibles dudas, porque se adentra, sin anuencia plena, en la intimidad de las personas a sabiendas de que carece del aval científico necesario. Digámoslo sin ambages: no es seguro, no es fiable; no merece respeto. El sometimiento al examen, en apariencia, es voluntario pero, en el fondo no… ¡No lo es! Unos, los menos, lo aceptan por convicción, otros por disciplina, terceros, quizá, por necesidad. Todo mando experimentado sabe que los errores corregidos a tiempo conducen al logro de las metas buscadas. Es tiempo de pensar que el hombre expuesto a perder la vida por el éxito de una misión tiene derecho a ser valorado por su comandante. De frente. Cara a cara los dos. Sin la intromisión de un graficador de emociones.