CUERPO DE GENERALES Y ALMIRANTES EN RETIRO
DE LAS FUERZAS MILITARES DE COLOMBIA

 

Memoria Histórica

Los soldados ya no encuentran pedestal para sus glorias

En nuestra serie Memoria Histórica, publicamos en este número de ECOS, el texto del discurso pronunciado por el general Fernando Landazábal Reyes, la noche del 2 de marzo de 1984, en la Escuela Militar durante el banquete ofrecido en su honor por su despedida del servicio activo.

Señores:

Ya lo dijo Ortega y Gasset: “Pertenecemos a una época en la medida en que nos sentimos capaces de aceptar su problemática y de prepararnos para la batalla en uno u otro lado de la trinchera por ella abierta. El proceso de vivir es, en un sentido muy real, un enrolamiento bajo ciertos cánones y una preparación para la batalla. ‘Vivere militare est’, decía Séneca con el gesto orgulloso de un legionario”.

En palabras tan nítidas y en sentencias tan apremiantes para la hora presente, se ha fundamentado el normal transcurrir de nuestra existencia; no hay para el soldado colombiano un solo instante de su acontecer en el que el compromiso con su causa, la causa de su patria, no sea la brújula que le señala el derrotero que ha de seguir en su peregrinaje y la norma que ha de cumplir con la severidad de su conducta. Todos los hombres que a través de la historia hemos portado el uniforme de nuestro Ejército, hemos regentado el activar de nuestra gestión profesional al impulso con que, la consagración al deber y al patriotismo que alimenta el espíritu y ennoblece el alma del soldado, lo instan permanentemente al cultivo de su ambición de servicio, llevándolo a los umbrales del sacrificio, en beneficio de los ideales que defiende.

Unos más otros menos, todos hemos llegado a niveles jerárquicos que en una u otra forma comprometieron, en mayor o menor escala, nuestros anhelos y nuestra voluntad en la defensa de nuestra nacionalidad, de nuestro pueblo, de nuestras instituciones; pero todos al unísono, con el mismo fervor, respondimos desde nuestro puesto con la bandera de Colombia izada en el asta de nuestras convecciones, y cuando entregamos la responsabilidad al compañero, marchamos tranquilos porque tenemos la convicción que en sus manos vibrará nítida y placentera la imagen del honor de nuestra amada Colombia.

Quiera el destino que el éxito los acompañe; que al impulso de su mandato la gloria de nuestras formaciones permanezca radiante en el horizonte de la grandeza nacional y que las almas de los hombres caídos a lo largo y ancho de nuestra geografía, renueven con el bálsamo purificante de la sangre derramada, la mística de unas instituciones que se alimentan con el altruismo de su desprendimiento, con la convicción de sus principios, con la fe de su pueblo, y con la certeza de su victoria, fundamentada en la alianza que el espíritu de sus gentes ha engendrado, desde los propios orígenes de su historia, con ese signo maravilloso de la cruz que las libera del odio y las impulsa a la conquista de la paz.

No obstante lo anterior, y quizá por razón indeclinable de nuestro destino, inquieta a quienes dejamos el mando, la perspectiva futura de la convivencia. Diríase que la lucha de clases, inspirada hoy en forma diferente, asume una imagen distinta que acrecienta el odio hacia arriba, al tiempo que mediante la acción psicológica permanente y disuasiva, de una propaganda orientada hacia el desprestigio del sistema, auspicia y propaga el complejo de culpa en los niveles superiores de las fuerzas productivas, como tratando de forzar con la nueva acción, un estado anímico generalizado que sirva de base y fundamento para la liquidación de una estructura tradicional del Estado, al impulso como de un arrepentimiento de su vigencia, cultivado en el mismo corazón de quienes lo hicieron crecer y prosperar. Quizá por ello la Fuerza Pública, dentro del marco psicológico de la nación, ya no es un instrumento utilizable como última razón para imponer la voluntad a los enemigos de la libertad, de la convivencia, de la voluntad soberana de un pueblo amante y respetuoso de la estructura jurídica de su ordenamiento social, pues el nuevo enemigo, parapetado tras el muro ideológico de la contienda global que se ejercita, muy sutilmente y con el apoyo y dedicación de los interesados, fuerza el diálogo con los desprevenidos y en la mesa de las conversaciones asume la rectoría del conflicto, para gestar la victoria de su tesis e imponer su voluntad a través de la táctica del engaño, haciendo uso de la dialéctica marxista con el ajedrez de las palabras oferentes de paraísos superiores. El diálogo se extiende así sin limitaciones de tiempo ni espacio, a medida que por razón de los argumentos y las circunstancias, se va llegando al sentimiento de las formaciones armadas la ficticia necesidad de ceder a las pretensiones de los enemigos del orden y la paz. En tales circunstancias los soldados ya no encuentran pedestal para sus glorias, pues dentro de los parámetros de la nueva contienda la difamación y el rechazo, fría y certeramente calculados y dirigidos, los señalan en las propias entrañas de la Patria como invasores, como si fueran tropas de ocupación de poderes extraños, pertenecientes a una nación diferente a la que protegen y sostienen. Es esta la esencia de la lucha subversiva que afrontamos; por ello la bandera se rasga en la tormenta de las emboscadas, entre los ramajes de las selvas, y el grito de combate de los defensores se pierde en el vacío de los atardeceres,  como se pierde en los arcanos del universo el quejido de las almas que moran en los confines de la eternidad. Al perderse el eco de ese grito sublime, por no llegar a los oídos y al alma que defiende, se niega el heroísmo a los soldados que caen con el grito de patria en la boca, y ante la confusión y la tragedia, la sociedad enmudecida, como que se petrifica en el frío accionar de su propia indiferencia y es entonces cuando empieza a respirarse en el ambiente la incertidumbre de las gentes que experimentan el miedo y la angustia de lo por venir.

Así la guerra se va perdiendo, sola, en las salas del diálogo, y  el soldado se va quedando atrás, impulsado solamente por el halago de sus propias convicciones; detrás de él solo queda el rezago de la libertad, y ante él solo se escucha el sórdido golpear del martillo sobre el yunque de la esclavitud, cuyo eco se propaga para que avance taciturna, silenciosa, decepcionada, la masa de los esclavos que creyeron en él. Todo se va modificando paulatinamente, todo se va perdiendo en el vaivén de la zozobra, frente a la expectativa de la sorpresa cotidiana, todo se tergiversa en el léxico revolucionario para beneficio de la revolución; todo se cambia en la escala de los valores del ser y en la vida del conjunto social, en beneficio de la nueva filosofía, y en el rodaje de la justificación de los medios para alcanzar el fin se establece el imperio de la mentira y hasta el concepto de Dios se cuestiona en los umbrales del nuevo concepto revolucionario de la eternidad. Diríase que la Patria ya no es aquello que inspiró a los libertadores el rompimiento de las cadenas de la esclavitud al precio de la vida, ya no es aquello que llevamos en el alma uncido al retazo sagrado de nuestra pertenencia geográfica, ya no es la concreción del ser en el hogar iluminado por la fe, la esperanza y la heredad, ya no es la Patria ese conjunto maravilloso de ideales que brotan en el alma de un pueblo que vibra ante la perspectiva histórica de su destino; diríase que el concepto de Patria se pierde entre las dimensiones del egoísmo y que de su contenido sólo queda el sarcófago que guarda las cenizas de los próceres que forjaron las dimensiones de su libertad.

Todo en el mundo de hoy se modifica, todo se trunca, todo se cambia, al amparo vertiginoso de un proceso que avanza arrollador ante la indiferencia silenciosa de las grandes mayorías que lo rechazan y al impulso certero de audaces minorías que lo pregonan como tesis insustituibles para vivir en paz. El conflicto se crece, la confusión ideológica se pasea desconcertando el sentimiento de las masas; los líderes se pierden en el marasmo de las contradicciones, la insensatez y la ausencia de unidad, y en tales circunstancias, las juventudes abandonadas golpean a las puertas de todas las tendencias, en busca de la ruta ideológica que las saque de la incertidumbre y las proyecte seguras hacia el porvenir.

En tales condiciones, señores generales, jefes y oficiales, distinguidísimas señoras y amigos, después de haber comprometido todo el bagaje de la conciencia profesional, cultivado celosamente en las rígidas convicciones del soldado, queremos decirle a los que hoy asumen el mando y la responsabilidad de la conducción y dirección de las Fuerzas Armadas de Colombia, que nuestro paso a la reserva en ningún momento significa la claudicación de nuestros ideales, que los seguiremos defendiendo como ayer lo hicimos, llenos de orgullo con el más preciado uniforme de la Patria, y que si mañana, por razón de la seguridad nacional, se requiere nuestra presencia en las filas, estaremos prontos para regresar a ellas, sin exigencias de rangos, cargos, grados, posiciones o categorías, para sentir nuevamente el regocijo de confundirnos con nuestros soldados, para rendirle con ellos, los honores y la veneración a nuestra inmaculada bandera.

Quiero pediros que recibáis la gratitud del corazón y el alma de mi esposa y de mis hijos y, en ofrenda a la mística artillera que por tantos años adornó y adornará mi espíritu, quiero deciros desde lo más profundo de mi corazón que en esta noche de gloria y en la presencia de vosotros como testigos irrecusables de mi lealtad a la República, pongo con profunda unción y respeto mis soles de general a los pies de la bandera colombiana para que sobre ellos se afiance y sostenga la vigencia de la Constitución y de las instituciones que ella encarna y representa; la dignidad que la jerarquía y las altas posiciones de gobierno imprimieron en mi corazón, la ofrezco al Ejército Nacional que me brindó el sagrado privilegio de llevarme a las más altas jerarquías de sus filas, y el honor que para mí y para los míos representa la investidura del grado de General de la República, quiero colocarlo, a manera de rosa encarnada y vivificante de patriotismo, en las frías losas que señalan las tumbas de los soldados caídos en defensa de la paz para todos los colombianos.

General Fernando Landazábal Reyes

Bogotá, 2 de marzo de 1984

 

 

 

Mayor General JOSÉ M. ARBELÁEZ CABALLERO