CUERPO DE GENERALES Y ALMIRANTES EN RETIRO
DE LAS FUERZAS MILITARES DE COLOMBIA

 

Colombia en el laberinto latinoamericano


¿Hacia la sustitución de una política exterior para América Latina?

Nuestro país, desde hace poco más de 1 año, enfrenta una transformación radical de las relaciones económicas y político-militares con su entorno vecinal, al tiempo que los efectos de la política exterior de gobiernos como el venezolano y el brasileño, desde el ámbito latinoamericano, también han impactado sobre las relaciones subregionales. El complemento decisivo, desde la dinámica interamericana, lo colocó el gobierno del presidente demócrata, Barack H. Obama, cuyo gobierno, a pesar de los 8 meses trascurridos hasta la fecha, sólo ha enviado señales confusas y poco comprometidas con la construcción de nuevas relaciones con América Latina. El sistema interamericano, como usualmente se le reconocía, y a pesar de los esfuerzos modernizadores recogidos y debatidos en la OEA a partir de 1994, que apuntaban a la institucionalización de los nuevos componentes de la agenda hemisférica liderada por Estados Unidos antes del 2003, en gran parte en consonancia con los nuevos fenómenos globales impulsados por el fin de la Guerra Fría y del orden geopolítico bipolar, enfrenta, en las postrimerías de la primera década del siglo XXI, un agotamiento funcional visible con ausencia de representatividad, en medio de una legitimidad cada vez más débil y resistida, que termina, a su vez, alimentando las carencias y debilidades mencionadas.

En este proceso, las decisiones del gobierno colombiano colocaron a nuestro país en el centro de las controversias más sensibles desde lo político-diplomático, lo conceptual y doctrinario, y frente a un escenario de seguridad y defensa inédito, que se mueve más allá de lo nacional e incluso vecinal. Pero la percepción ciudadana es que, de forma sistemática y simultánea, ha sustituído la idea que podía tener de una política latinoamericana por una alianza con Estados Unidos, que la sustrae, conflictivamente, de la mayoría de los países de América Latina en la actualidad. Inclinado a impulsar reformas al articulado constitucional de 1991, se verá obligado a hacerlo, una vez más, con aquella obligación que en su momento impuso la integración latinoamericana como un referente de identidad constitucional. Hoy está más cerca una integración en los Estados Unidos de América que en el resto de América Latina. Si bien las relaciones interamericanas no resultan fáciles de administrar, políticamente, delegar parte de la confianza en seguridad y defensa a Estados Unidos, como un “amigo” y confiable aliado de Colombia, no traerá más tranquilidad a la región, como tampoco más seguridad a nuestro país, y por el contrario, alimentará los discursos y las políticas anti-estadounidenses que involucrarán, en su arco de hostilidad, a la sociedad colombiana. El ambiente de desconfianza mutua se profundizará ante la carencia de organizaciones hemisféricas y subregionales que se tomen en serio los urgentes problemas de los ciudadanos latinoamericanos, y puedan demostrar responsabilidad colectiva y compromiso con el futuro de todos los asociados.

El sistema, sin respuesta a problemas acuciantes

La agitación social y política que sacude algunas sociedades latinoamericanas en nuestros días, se convierte en la exigencia más importante que el sistema interamericano enfrenta, hasta el momento, sin fortuna. Podemos reconocer, sin duda, que la labor debilitadora emprendida por algunos presidentes latinoamericanos contra los fundamentos de la OEA sea una de las fuentes de su incapacidad para actuar protegiendo los intereses generales; pero también debemos enfrentar la realidad que la organización y sus agentes no están atendiendo, a la luz de su carta fundacional y de las convenciones y declaraciones que se traducen en obligaciones institucionales, las urgencias de millones de latinoamericanos, cuya visibilidad depende de las condiciones económicas, sociales, político-militares y ambientales por las que están atravesando en la actualidad, en sus respectivos países. Durante los últimos meses, encontramos expresiones muy sensibles y amenazantes del futuro latinoamericano.

La más escandalosa ha sido la del golpe en Honduras. Transcurridos  dos meses y medio de aquellos condenables acontecimientos, no hemos logrado asegurar el regreso de la normalidad constitucional. Otra manifestación de esas problemáticas que tienden a convertirse en estructurales, es más reciente, y adquiere unas connotaciones de inmoralidad ofensivas. Se trata de la crisis alimentaria guatemalteca. El gobierno de Álvaro Colom ha pedido ayuda internacional para atender a los miles de conciudadanos amenazados por la extinción al carecer de alimentos. Las agencias internacionales han denunciado el agotamiento financiero de sus programas para continuar atendiendo la emergencia. La respuesta del sistema no ha aparecido, y peor aún, al tiempo, algunos gobiernos suramericanos anunciaban compras militares por cifras multimillonarias que sin duda no pueden comprender los guatemaltecos. Estos son dos casos recientes; pero existen muchos más que pueden reconocerse desde los afanes cotidianos ciudadanos, que terminan por mirar con ingenua esperanza al sistema, más allá de cada uno de sus países. Por ello, estamos en total desacuerdo con las declaraciones del Secretario General, hace pocos días, en las que reivindicaba la fortaleza, más que nunca, dijo, de una OEA que, por el contrario, identificamos casi fantasmal. El tema es serio.

Hacia la “inseguridad colectiva”

Suramérica se está convirtiendo en un laboratorio sobre los riesgos e implicaciones generacionales de experimentar la relativa autonomía en el establecimiento de alianzas políticas y militares, acuerdos de cooperación militar y programas públicos y menos visibles de compras de armamento. Sin duda, detrás de estas decisiones, se encuentra la “indiferencia activa” del gobierno demócrata en Estados Unidos, y su relación preferencial con aquellos países que tienden a sustraerse a la convocatoria real de unidad e integración, tales como Panamá, Colombia, Perú y Chile. ¿Es una coincidencia que sean los países que, al lado de Ecuador, desde la fachada suramericana, integran el Arco del Pacífico que termina en Canadá? Quizás. De momento, la administración Obama, de forma no explícita, espera la resolución de varias contradicciones nacionales, vecinales y regionales a la luz de sus actores e intereses internos, y una vez despejado el horizonte, entrar a articular estas expresiones con sus intereses hemisféricos.

En la confrontación venidera entre las opciones electorales que se preparan desde octubre próximo y hasta mediados del año 2010, y las promociones de apoyo económico y mediático desde el imaginario de la Revolución Bolivariana de Venezuela, aquellos países que hemos destacado jugarán un papel geoestratégico decisivo en el futuro reordenamiento de los espacios y las relaciones de poder latinoamericano. Cada uno, de forma transversal, no puede ocultar su importancia vecinal e incluso, desde la óptica de los intereses capitalistas y trasnacionales desde Brasil. Frente al fracaso de la diplomacia, como hemos constatado desde el 28 de agosto pasado, la política, entonces, ha adoptado el ropaje de la denominada “carrera armamentista”. Debemos precisar que este no es un fenómeno suramericano, propiamente; es una tendencia planetaria.

En el caso nuestro se ha traducido en una especie de “seguridad preventiva”. Mientras en años recientes se convocaron reuniones políticas, técnicas y académicas para identificar las necesidades ciudadanas en materia de seguridad, y las nuevas categorías de amenazas que se cernían sobre países y regiones de forma general, la coyuntura actual terminó por desplazar las elaboraciones sobre “seguridad ciudadana”, “seguridad pública” y “seguridad humana”, entre otras, por este estandarte frente a la amenaza del colapso institucional colectivo que es la “seguridad preventiva”, una actualización de la seguridad nacional articulada a actores políticos influyentes de la comunidad internacional, tales como Estados Unidos, Reino Unido, Francia, República Popular de China y la Federación de Rusia, todos ellos, adicionalmente, miembros del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y potencias nucleares. ¿Pesará esto en el futuro, cuando algún asunto suramericano, verdaderamente delicado, decida llevarse a esta instancia de las negociaciones globales?

Un CDS asfixiado

Desde su formulación en 2008, el Consejo de Defensa Suramericano no ha logrado imponerse con la credibilidad, confianza y transparencia que una instancia de estas características requiere en un escenario como el nuestro. Evidentemente la decisión colombiana de incursionar en territorio ecuatoriano ha estado en el centro de su motivación, sus debates y limitaciones políticas. La reunión de UNASUR del pasado 10 de agosto, así como la reunión especial del 28 siguiente, hábilmente neutralizada por la diplomacia presidencial colombiana, con su exigencia de que fuera pública para todos los ciudadanos de la región, fueron testimonios elocuentes del clima de desconfianza y malestar que caracteriza las relaciones entre los gobiernos suramericanos. La del 15 de septiembre subrayó la tendencia, y abrió las puertas para decisiones políticas que se nos antojan inevitables, que siguen a su vez, el camino trazado por los efectos de las decisiones comerciales que se han venido delineando, en unos casos, e imponiendo, en otros. Fractura y desagregación.

¿Qué sentido tiene construir una arquitectura de seguridad suramericana, si cada vez más los lazos económicos y las comunidad de intereses económicos siguen mercados y aspiraciones no suramericanas? ¿No resulta más comprensible y funcional, que las nuevas alianzas y acuerdos militares con aquellas potencias, se articulen a negocios y reconocimiento de intereses económicos más nacionales? No compartimos esta opción, pero las tendencias que la actual coyuntura viene definiendo, nos alejan cada vez más del imaginario suramericano, para construir otros lazos que, a su vez, nos respalden y eventualmente “protejan” cuando las hostilidades militares estén a punto de estallar, o definitivamente exploten. ¿Quién imaginaría hace muy pocos años que Suramérica, paradigma de relaciones pacíficas entre sus gobiernos, podría adquirir el potencial global desestabilizador de la Península Coreana, Asia del Sur y Medio Oriente? Más aún: ¿Qué, gracias a las decisiones políticas y a las fracturas inspiradas en el temor y desconfianza mutua, la problemática de Asia Central y Medio Oriente podría insertarse en las propias de las nuevas relaciones suramericanas?

Hacia una nueva institucional regional

La perspectiva del mundo, a mediano plazo, es profundizar sus problemas, contradicciones y necesidades; la institucionalidad global y subregional se muestra, de forma dramática, cada vez más insuficiente y limitada. La prioridad de los llamados “países ricos” y de los técnicamente calificados como “economías emergentes”, ha sido salvar el sistema financiero capitalista corporativo, creyendo que la tranquilidad de los países ricos es sinónimo de bienestar humano y seguridad común. Las potencias se verán obligadas a escoger, en sus respectivas áreas de interés geoestratégico, las problemáticas que pueden y deben atender, para contener, y transitoriamente evitar, un “tsunami de inseguridades”. No podrán cubrir el mundo ya.

Por lo tanto, los latinoamericanos, en esta prospectiva, tenemos que crear o fortalecer las instituciones que deben garantizar nuestra sostenibilidad social y humana. Pero al paso que vamos, estamos quedando expuestos a la tragedia nacional y subregional. Parte de nuestro crecimiento político y madurez institucional en estos tiempos descansa en la conciencia colectiva de que solamente nosotros podremos ayudarnos a sí mismos y entre sí, y que no podemos esperar mucho, o casi nada, de organismos y sociedades de otras latitudes. Somos los primeros responsables de nuestro futuro social, y la personalidad retórica y fantasmal que ha adquirido la OEA y con otros organismos del sistema interamericano, en la actualidad, nos obligan a reclamar una organización hemisférica que coloque la sostenibilidad humana en el centro de sus prioridades, obligaciones y compromisos, o a diseñar organizaciones subregionales que puedan responder por ello. América Latina tiene y genera la riqueza suficiente para transferir recursos financieros y humanos, desde las empresas y corporaciones y desde los presupuestos públicos, a las nuevas organizaciones que puedan responder a las urgencias venideras.

Bogotá, D. C., 20 de septiembre de 2009. Artículo propuesto para la Revista del Cuerpo de Generales y Almirantes Retirados, como una contribución del IEGAP-UMNG a los contenidos del próximo número.

Asesor del Instituto de Estudios Geoestratégicos y Asuntos Políticos, Universidad Militar Nueva Granada. Licenciado en Filosofía y Letras con Especialización en Historia. Especialista Honoris Causa en Geopolítica. Estudios de Doctorado en Historia de América. Catedrático de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.