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Un hemisferio nuevo
para la elección
del Secretario General de la OEA
OEA, pronto, también a elecciones
A los pocos días de iniciado el año 2010, comenzó a ambientarse, política y mediáticamente, desde Washington, la próxima elección del nuevo Secretario General de la OEA, proceso que se celebra cada 5 años y cuya siguiente jornada está prevista para el 24 de marzo. En las primeras reacciones registradas contra la eventual candidatura para la reelección de José Miguel Insulza, se han destacado analistas y columnistas contrarios y críticos de los gobiernos populistas que se identifican incorrectamente como socialistas y radicales de izquierda en el hemisferio, entre los que se destacan Andrés Oppenheimer, periodista de El Nuevo Herald de Miami, Carlos Alberto Montaner, periodista cubano exiliado, colaborador en varios medios impresos y digitales del hemisferio, y uno de los diarios más influyentes de Estados Unidos, The Washington Post, quienes han creído que el Secretario General actual ha favorecido más a dichos gobiernos y debilitado la democracia en la región.
Desde Chile, funcionarios del gobierno que termina, encabezados por la presidenta Michelle Bachelet, han rechazado las posturas del diario de la capital estadounidense y reafirmado su apoyo a Insulza; aún no es claro ni concreto el apoyo del gobierno que tomará posesión próximamente, encabezado por Sebastián Piñera -a pesar de recientes declaraciones a su favor-, y si pesará más en su decisión la condición nacional del candidato (un chileno) o su histórica militancia partidista (un socialista). Por su parte, varios gobiernos del hemisferio, entre ellos el de Colombia, ya se han manifestado públicamente a favor de la continuidad de Insulza, aunque también se han conocido posiciones, por parte de otros, contrarios a su reelección, especialmente desde los gobiernos que integran la ALBA-TCP, y de los analistas que comparten su propuesta de futuro para América Latina. En suma, José Miguel Insulza resultó cuestionado por todas las tendencias políticas que orientan y gobiernan en el hemisferio, y eso solamente puede hablar a su favor.
El contexto político está cambiando
Más allá de las controversias sobre la personalidad de Insulza y el balance de su gestión, para algunos analistas suficiente, dada la naturaleza de la organización y su funcionamiento, mientras para otros ha sido deplorable y contraria a la Carta misma de la OEA, el momento político de las relaciones interamericanas es adverso para el futuro de la organización hemisférica, y coloca, obviamente, el tema de la elección, en el foco de debate, asignando, de forma equivocada, al ideario del Secretario General, posibi-lidades que no tiene, a la luz de la Carta. La OEA rivaliza, en la práctica, en nuestros días, con otros foros y organizaciones subregionales, y su supervivencia estará, de hecho, en el centro de la agenda de la XXI Cumbre del Grupo de Río, en México, cuando se exponga el proyecto de una organización latinoamericana que eventualmente, en 2011, sustituya o complemente a la OEA, y no tenga en cuenta a Canadá ni a Estados Unidos.
Ya sea que la organización sobreviva a esta ofensiva política, ya sea que se adopten los lineamientos para diseñar una diferente, el hemisferio experimenta una reestructuración en sus relaciones interamericanas y en sus vínculos con regiones y países extra-hemisféricos, cuyas agendas de política exterior asignan un lugar nuevo a América Latina, en particular, cuando recrean un escenario futuro de contradicción y rivalidad con Estados Unidos y Canadá. De hecho, el cruce de temas sensibles, algunos geoestratégicos de carácter planetario, liderados por la Federación de Rusia y China, alienta esa nueva reorientación, gracias a la vecindad geográfica que América Latina tiene con Estados Unidos, la cual, en forma selectiva, y a partir de “pivotes alternativos”, pueden traducirse en factores de presión, amenaza e inseguridad para su gobierno e intereses.
El hemisferio, pues, atraviesa por un período de ajustes y novedades que están exigiendo, de parte de la OEA, más acuerdos que diferencias, más propuestas e iniciativas de diálogo que de confrontación; y más importante aún, como parte de su agenda, en especial desde comienzos de la década de 1990, más impulso y determinación, con la autoridad institucional que se espera de ella, de las medidas de confianza mutua frente a la proliferación de tensiones políticas binacionales y al aumento de las suspicacias militares fundadas en los presupuestos y en la adquisición de nuevo armamento, o en la promoción y firma de acuerdos y convenios de defensa y de alianzas calificadas como estratégicas con Estados Unidos y con gobiernos extrahemisféricos que tienen capacidad de apoyar la construcción de un escenario interamericano menos asimétrico, política y económicamente, incluso, en algunos casos, propiciando una transformación selectiva y progresiva de la tradicional proyección y hegemonía militar de aquel país. Entre la variedad de ejes y tópicos problemáticos que existen en la agenda hemisférica de nuestros días, quiero enfatizar en 3 que debemos reconocer y valorar políticamente, pues su incidencia en nuestro futuro es inocultable.
Hacia un nuevo hemisferio: ejes de las futuras relaciones para la OEA
El primer eje que deberá reconocer la OEA, de la mano de su nueva(o) Secretaria(o) General, o del actual reelecto, descansa sobre la profundización de una tendencia sistémica que se viene forjando durante la década, consistente en la fractura interamericana, a partir de las nuevas dinámicas y propuestas económicas transnacionales, con especial incidencia en los países latinoamericanos. Las nuevas formas de asociación económica y política sin Estados Unidos ni Canadá, que nos proyectan sobre Asia-Pacífico, o conducen nuestras miradas hacia Africa Subsahariana, o inspiran nuestra confianza con las propuestas de la Unión Europea, nos dibujan un hemisferio que política y económicamente mira más hacia fuera que hacia dentro, y cada vez menos hacia el Norte secular. De esta dinámica no escapan Estados Unidos y Canadá, que tampoco han fortalecido sus relaciones con América Latina.
Hoy, los imaginarios de integración y unidad están socavados por las prácticas económicas nacionales y por la fragmentación subregional en bloques políticos, cuyas dinámicas, potencialmente, los conducirán a enfrentamientos alrededor de la búsqueda de hegemonías particulares al servicio del posicionamiento favorable en negociaciones globales.
El segundo eje girará alrededor de la mayor y mejor inserción e institucionalización de las expectativas provenientes de los sectores tradicionalmente marginados de la política nacional como interamericana, como los indígenas, afrodescendientes y los movimientos sociales y políticos de mujeres, así como otros colectivos identificados con la sociedad civil hemisférica, cuya agenda, desde derechos humanos y libertades públicas (democracia e información) hasta defensa y protección de ecosistemas estratégicos para la región y desarrollo sostenible, es cada vez más común y sensible para todos los habitantes de este hemisferio. Pero, en esta tendencia, se evidencia una inquietante separación entre ciudadanos y gobiernos cuando miran el presente y futuro de la OEA. Esta será una de las claves a partir de la reelección de Insulza, o de la escogencia de una mujer o de un hombre como nueva(o) Secretaria(o) General pues, más que en otros tiempos de la historia de la comunidad interamericana, sociedades y gobiernos se miran como contradictores y no como socios de una misma realidad y entidad política. De hecho, una parte sensible de las críticas equivocadas que se formulan contra la gestión de Insulza, pasa por esta confrontación, y no depende, su superación o solución, de la convicción del Secretario General, como sí de la voluntad y decisión políticas de los Estados que integran la OEA.
El tercer eje, más visible y activo, está relacionado con el impacto de las agendas extra-hemisféricas sobre las relaciones interamericanas. Por un lado, de Polo a Polo, la OEA debe considerar los efectos geoestratégicos de la transformación de las relaciones árticas gracias al efecto territorial y limítrofe del calentamiento global, y a los provenientes de la reactivación del debate antártico y de las Malvinas, gracias a la colisión de intereses petroleros liderados por el Reino Unido; este debate en particular, dejará de ser nominal y protocolario, como venía siendo consignado en cada declaración final de entidades subregionales o de la misma OEA, para convertirse en un tema de la agenda de seguridad hemisférica. Por otro lado, tarde o temprano se sentirán las presiones políticas y diplomáticas de la creciente inversión y negocios de países como China y la Federación Rusa, y de la Unión Europea, la que cada vez incluye a América Latina en más temas de su agenda estratégica birregional, siendo el último de ellos, desde la gestión política a nivel ejecutivo y desde los parlamentos, la propuesta de construcción de un área de seguridad común.
China se caracteriza desde hace varios años por adoptar “políticas extorsivas y amenazantes” frente a la no despreciable oferta de oportunidades comerciales y financieras en y desde su territorio, cuando las circunstancias políticas colocan a su gobierno en situaciones de gran tensión diplomática, siendo la proyección de Taiwán en América Latina, el tema más susceptible de su agenda regional. Rusia, por su parte, de forma propia del realismo mágico latinoamericano, mantiene y proyecta una imagen que no existe en la realidad, en gran parte gracias a que sus socios actuales y potenciales en nuestra región recrean, en una ideología que se queda vacía cuando se trata de geopolítica planetaria, un modelo que hizo implosión en 1990: la URSS ya no existe, ni lo que representaba y portaba en la política mundial de entonces. Y, finalmente, la Unión Europea pretende hacer valer su peso histórico como cogestora del hemisferio desde 1492, al decidir que debe pasar de una potencia económica a una política y militar, con capacidad efectiva de incidir en el diseño del nuevo orden mundial. Para todos ellos, como podemos concluir, somos, en realidad, objetivos en un escenario geoestratégico, y no socios. Transformar esta relación es el desafío histórico de una nueva OEA o de aquella organización que se diseñe próximamente; o, de lo contrario, los acontecimientos y los intereses extraregionales nos desplazarán, como actores influyentes y propositivos, en la construcción del nuevo orden global.
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Doctor JUAN CARLOS EASTMAN ARANGO
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