CUERPO DE GENERALES Y ALMIRANTES EN RETIRO
DE LAS FUERZAS MILITARES DE COLOMBIA

 

En el Bicentenario:


¿Será necesario un nuevo grito de
independencia para nuestros héroes
militares?

La República de Colombia forjó la Independencia a partir del mestizaje que unió las raíces indígenas prehispánicas con los españoles, motivo por el cual en el continente americano nunca existieron colonias sino Virreinato integrado a la organización territorial  peninsular y en igualdad de condiciones.  Esa mezcla criolla propicia acciones valerosas sopesadas de orgullo y valentía, que fueron el preámbulo firme y generoso del grito de la independencia.

El movimiento comunero del 17 de marzo de 1781, generado por la sangre libertaria, la perspectiva y la sensibilidad materna de nuestra misionera Manuela Beltrán, desbordó el patriotismo, producto del honor, la dignidad y del sacrificio criollo, frente a los virreyes partidarios de la posible invasión napoleónica a la península, con Pepe Botella a la cabeza. Nuestra primera heroína de la lucha emancipadora, cimentó las bases firmes e indomables para el fortalecimiento de la voluntad soberana, en busca de espacios en los que se pudiesen expresar sus reprimidos sentimientos de ser miembros de un virreinato, motivados por los abusos de quienes eran enemigos de la monarquía española y fueron sus traidores, incumpliendo las ordenanzas reales sobre el trato a los pobladores y, en forma despiadada, daban amplia libertad a sus instintos, proporcionándoles abierta humillación a los americanos.

Varias son las acciones que permitieron ensanchar el corazón de la mujer para impregnar en su descendencia y en su raza, la valentía, el coraje, la abnegación, el sacrificio, el patriotismo, el amor a sus ancestros y la persistencia en el empeño, propios de nuestra condición de criollos legítimos. La mujer ha sido y será inspiradora de causas justas por excelencia, apasionada en sus sentimientos, firme en sus ambiciones, resuelta en sus decisiones y comprometida en las acciones que demandan heroísmo para enfrentar situaciones difíciles. Utiliza el lenguaje maternal con sus descendientes y familiares, con el cual trasmitió sentimentalmente el espíritu combativo, puesto de manifiesto por los criollos ilustrados, quienes dieron públicamente el Grito de la Independencia el 20 de julio 1810, en medio del dominio de los españoles traidores a la tradición hispánica y de grandes dificultades, demostrado con altruismo por los próceres mestizos, en la campaña libertadora.

Varios escritores coinciden con Emil Ludwing, quien refiriéndose a la actitud de la mujer, expresa en su obra 'Bolívar, caballero de la gloria': “con las mujeres próceres tiene Colombia una deuda de eterna gratitud. Para hablar de ellas es preciso ponerse de pie y con un sagrado respeto debe llegarse al altar de la patria, como abriendo en un homenaje de cordial pleitesía el retablo de los más importantes recuerdos”.

El papel de la mujer, desde los albores de la  independencia, ha sido notable hasta nuestros días en las diferentes acciones de combate en las que ha participado en forma directa o indirecta. Su resultado es heroico y, además, es ella quien recibe activamente los triunfos y las derrotas, porque son las madres las que deben soportar el dolor, los sufrimientos y la pérdida o el distanciamiento con sus familiares. En la  independencia, fue demostrada a toda prueba su templanza y el amor patrio, que sirvieron de fortaleza al espíritu libertario de quienes combatieron contra el yugo opresor de los traidores realistas, aun cuando tuvieron que soportar falsos juicios y padecer fusila-mientos, asesinatos, destierros y la confiscación de sus bienes, habidos con el sudor de su frente y el de sus familiares.

En el bicentenario se le rinde tributo de admiración y respeto a José Antonio Galán, destacado humilde líder mestizo comunero, quien en octubre de 1780 sobre-salió por la expresión “¡Viva el rey y muera el mal gobierno!”, pronunciada en Mogotes y Charalá dentro de las acciones de la insurrección contra los españoles, previo al grito de la independencia. En su exitosa campaña del río Magdalena insistió en su proclama, “¡Unión de los oprimidos contra los opresores!”, base firme de sus enseñanzas libertarias. Después de ser perseguido por las autoridades realistas, fue detenido, sentenciado a la ejecución y a ser decapitado,  pero al no haber verdugo idóneo, al final fue arcabuceado y colgado, el 1 de febrero de 1782, en Santa Fe.

 Así transcurren los años previos al grito de la independencia, en medio de grandes dificultades, para los valientes hombres y mujeres americanos, entre quienes se encuentran: Antonio Nariño, condenado y desterrado el 29 de agosto de 1794 por la traducción y publicación clandestina de la “Declaración de los Derechos del Hombre”;  Francisco Antonio de Santa Cruz, Camilo Torres, Francisco de Miranda, Pedro Fermín de Vargas, José Acevedo y Gómez, Antonio Baraya, José Ramón de Leiva, Antonio Morales, Rafael Córdoba, José Sáenz de Santamaría y José Cortés Madariaga, entre otros.

De acuerdo con el relato presencial del padre del periodismo en Colombia, don Manuel del Socorro Rodríguez, la reyerta de julio fue organizada por los criollos contra el mal gobierno de los virreyes afrancesados. Cumplidos 200 años del Grito de la Independencia, se refresca la memoria con la situación vivida el viernes 20 de julio de 1810, día de mercado a las 11:00 a.m., en la Plaza Mayor de Santa Fe, cuando Luis de Rubio entró al almacén del español José González Llorente y solicitó prestado un florero para el homenaje al criollo Antonio Villavicencio, siendo negativa su respuesta. Francisco José de Caldas pasó por el almacén y se enardecieron los ánimos, mientras en la plaza principal, Antonio Morales sublevaba al público americano contra la tiranía y el mal trato de los traidores españoles que gobernaban en América. Es así como el mismo Morales entra al almacén de Llorente para golpearlo. Varios agitadores dispersos en la plaza gritaban: ¡Queremos Junta!, ¡Están insultando a los americanos!, ¡Abajo el mal Gobierno actual!, iniciándose la protesta generalizada que convocó a gentes de todas las clases sociales y principalmente a los criollos ilustrados, en unión de los buenos españoles defensores de la monarquía.

Trascurrieron 318 después del descubrimiento de América, durante los cuales el derecho indiano que protegía a los aborígenes no siempre fue cumplido. Es el caso del Cacique de Turmequé, que terminó siendo Pala-frenero Mayor de la Corte española para evitar que fuera asesinado en América, contra la voluntad de la Corte Real de Santa Fe. Se decía que las leyes de Indias se acatan, pero no se cumplen como propiedad privada. Nuestros  antepasados fueron objeto de toda clase de injusticias por quienes intervinieron en el descubrimiento, la conquista y el virrei-nato, hasta que los  americanos fueron conscientes de exigir sus derechos y libertades. Sus representantes nacidos del pueblo criollo, tuvieron que ofrendar sus vidas y aportar múltiples sacri-ficios en la negación del derecho indiano, para reaccionar en forma coherente con la situación vivida, hasta obtener el objetivo.

Aparece el líder popular, José Acevedo y Gómez, “Tribuno del Pueblo”, quien se inmortalizó con la proclama, “Santafereños: Si perdéis estos momentos de efervescencia y calor, sí dejáis escapar esta ocasión única y feliz, antes de doce horas seréis tratados como insurgentes. Ved los calabozos, los grillos y las cadenas que os esperan”. Como resultado de lo anterior el Virrey aceptó reunir el cabildo bajo su presidencia, pero sus integrantes eran los promotores de la reyerta, y se elige “La Junta Suprema de Gobierno”, se desconoce la autoridad del Rey y el gobernante es encarcelado.  En la noche del 20 de julio de 1810, el Cabildo suscribe con 53 firmas de criollos ilustrados el Acta de la Independencia, exigiendo al gobierno español una patria feliz y una Junta de Gobierno que garantizara el orden público. Este aspecto se formalizó, para la noche, con cuadrillas organizadas por cuadras, por manzanas y por barrios, para que no hubiese  saqueos, siendo apoyados por hacendados de la sabana y, como situación especial, es la única revuelta americana que no tuvo muertos.

Desde la independencia, hasta hoy, ha existido en Colombia la mal intencionada costumbre de políticos de turno, de conciudadanos y en algunas situaciones de equivocados militares, que no defienden ni protegen los derechos legales e institucionales de sus miembros y dejan trascender sin su concurso para impedirlo, situaciones que involucran a connotados miembros de las instituciones armadas y con todo el peso de la ley de conveniencia ocasional, se ha procesado y condenado a inocentes inculpados de atroces actuaciones. A diferencia del Brasil, el silencio ha sido la elocuencia abstracta de la incapacidad e incompetencia, para enfrentar con razones y argumentos jurídicos institucionales, las amenazas que se ciernen sobre los soldados del ayer, del hoy y de siempre, que esperan de sus líderes: políticos, sociales y militares, la defensa de sus actuaciones, motivadas por el noble y leal servicio a la Nación, desde las filas de nuestras queridas Fuerzas Militares.

José Prudencio Padilla, prócer de la independencia de Colombia y de Venezuela, fue el héroe naval durante la Campaña de Independencia liderada por Simón Bolívar, creador de la Armada Nacional y primer Almirante de la Gran Colombia.

Se citan algunos casos que han sido históricos y de público conocimiento: el juicio y fusilamiento de Piar en 1817 en la plaza de Angostura, después de haberse convertido en héroe por su actuación en la liberación de la Guayana, ordenada por Bolívar; el juicio al coronel Leonardo Infante, la acusación y enjuiciamiento al general José Antonio Páez y el juicio al general José María Córdova, después de acciones de alto riesgo y valerosas en la campaña de la independencia y de liberar la Gran Colombia; el almirante José Prudencio Padilla, juzgado por conspirador, condenado a muerte y fusilado en la Plaza de la Constitución de Santa Fe en 1828, después de ser el héroe naval durante la campaña de la independencia liderada por Bolívar; y  el juicio y condena del general Gustavo Rojas Pinilla, tras ejercer el gobierno de opinión, provocado por los políticos de turno y las luchas partidistas que desangraban la nación y devolverle al país, la paz y la convivencia nacional.

El enjuiciamiento contra militares que actuaron con valor y heroísmo en cumplimiento del deber constitucional, atendiendo las órdenes del Presidente de la República como Jefe Supremo, en la toma del Palacio de Justicia en 1985 por el M 19; los juicios contra varios generales, oficiales, suboficiales y soldados quienes se encuentran privados de la libertad por falsas imputaciones, entre otros, han tenido que padecer en unión de sus familiares y relacionados, situación similar a lo vivido por los mestizos en el preludio de la independencia. Se hace así realidad lo expresado por el General José María Córdova, desde el Perú, después de la independencia “¿Por qué será ese rencor, esa rabia de muchos señores del congreso, otros tribunales y de los paisanos de alto rango, contra los jefes del ejército más obedientes y de más disciplina que se ha visto jamás?”

Doscientos años después la Nación se ha desarrollado dentro de  diferentes  esquemas  políticos  y  sociales, aceptados por el pueblo. Se ha mantenido la defensa de la Soberanía Nacional y existe una relación directa entre los poderes del Estado y las Fuerzas Militares integradas a la Sociedad, al Estado y al desarrollo Nacional, dentro de la democracia. El comportamiento fiel y leal de sus integrantes les ha merecido toda clase de elogios y de reconocimientos públicos, destacándose la gente de provincia, principalmente, en su intervención durante las situaciones más difíciles del país. Miles de soldados y policías de Colombia han ofrendado sus vidas en cumplimiento del deber. Otros han resultado heridos y mutilados por las acciones contra su integridad propiciadas por los enemigos de la Patria y una cantidad mayor han salido victoriosos de innumerables acciones en las que se ha comprometido la soberanía y la integridad nacional.

Así mismo existe un número considerable de militares desprestigiados y vilipendiados en su honra, al ser involucrados en procesos patrocinados por organizaciones de diferentes matices y orientaciones opuestas al libre desarrollo de la democracia dentro de la Constitución. Estos hechos contrarios  a sus valerosas acciones, les hacen sentir el dolor de la ingratitud de los dirigentes y la indiferencia de sus propios líderes y superiores, que deberían estar de su lado, defendiendo la institucionalidad y la legitimidad de sus actos.

Al comparar la situación de hoy y las causas que originaron el grito de la  independencia, se podría concluir, sin temor a equivocación, que los militares de hoy en día en  servicio activo y en retiro, están padeciendo las consecuencias de la incomprensión, enfrentados a  una guerra sin cuartel de tipo social, psicológica, política y jurídica, que puede influir negativamente en quienes tienen el deber de defender a la República. ¿Será necesario la existencia de un José Antonio Galán II para que anime los escenarios a favor de las Fuerzas Militares con el grito: “Viva la Justicia, abajo los injustos” o se proclame “Unión de los perseguidos, contra la injusticia”?  O se esperará el momento de efervescencia y calor  para que un Acevedo y Gómez II lance su proclama que permita ¿”destruir las cadenas de la opresión, sostenidas por algunos medios de comunicación adversos, en las que están inmersos nuestros héroes militares del ayer, del hoy y del mañana?

Coherente con estas situaciones se encarna el pensamiento del señor general Álvaro Valencia Tovar en su obra, 'Historia de las Fuerzas Militares de Colombia', en lo pertinente al Ejército, cuando manifiesta, al referirse a la época de la independencia: “Encarnan el choque de los militares que forjaron la independencia con el brillo de sus espadas, pero en vez de la gratitud de sus conciudadanos encontraban la acuciosa meticulosidad de los jueces, indiferentes a sus proezas. Contraste reflejado en dos cartas de Córdova, que parecen penetrar el humo del combate como denso, aislante de la realidad para estrellar al hombre de armas contra situaciones no imaginadas.”

Amigo lector: este tema, interesante por la naturaleza de las acciones, requiere de su aporte y concurso para proyectar al futuro y mejorar la relación interinstitucional, que beneficie a quienes han seleccionado dignamente  la carrera de las armas como su profesión vocacional, para servir-le a la Patria y protegerla de posibles amenazas.  ¿Cuál es su concepto? ¿Será que vuelven a sentir nuestras madres colombianas lo que sintieron nuestras heroínas, o serán los pasos previos para un nuevo grito de independencia con plenitud democrática, para nuestros héroes militares que con “falsos testimonios” están siendo juzgados?

Brigadier General HÉCTOR MARTÍNEZ ESPINEL
Decano de la Facultad de Posgrados de la “Escuela Militar de Cadetes”.
Master executive en Gerencia del Recurso Humano.
Magister en Defensa y Seguridad Nacional.