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NUESTRO SOLDADO PROFESIONAL Y EL SISTEMA DE SALUD
Iniciaba la década de los noventa y se fortalecía el tráfico de la cocaína, y en estas circunstancias, se realiza una funesta simbiosis entre el narcotráfico y la guerrilla, alianza sin la cual ninguno de estos dos factores generadores de violencia hubieran alcanzado el desarrollo y el poder que lograron.
A mediados de la década de los noventa, el Ejército de Colombia estaba integrado por soldados regulares que prestaban un servicio obligatorio durante dieciocho meses, de los cuales ocho o más estaban programados para instruirlos y sólo después salían a las zonas de operaciones donde debían enfrentar a un enemigo, que aunque integrado en su mayoría por ¨guerrilleros¨ sin
Ideología alguna, eran combatientes, la mayoría con más de cinco años de experiencia y otro gran numero con más de diez, conocían bien la geografía donde realizaban sus acciones. Además de este tipo de soldados, el Ejército estaba integrado por soldados bachilleres que prestaban un servicio de tan sólo doce meses y que, en consecuencia, no combatían; también, en una proporción muy pequeña, era conformado por soldados profesionales, formados mediante la incorporación de soldados reservistas voluntarios cuya selección no era la adecuada, que carecían de compromiso, sentido de pertenecía y, lo más grave, me atrevo a decirlo, no aptos sicológicamente para la misión que debían cumplir.
Así casi terminaba esta década y cuando la doctrina militar reza que para enfrentar con éxito un conflicto similar al de nuestro Ejército, y en general al de la Fuerza Pública, la proporción adecuada debe ser diez soldados por cada guerrillero. En nuestro caso, teníamos tres soldados por cada guerrillero.
Todas las noches las Farc atacaban pueblos lejanos, donde hacían presencia pequeños grupos de cinco, diez, o veinte policías, los cuales eran atacados en proporción de al menos diez guerrilleros por cada uniformado. Destruían los pequeños villorrios en su afán de dar de baja a los mismos mediante el lanzamiento de ¨cilindros bombas¨ que impactaban en todas las viviendas que circundaban estos pequeños cuarteles, si así se pudieran llamar. Lo mismo sucedía con pequeñas unidades del Ejército enclavadas en las cimas solitarias de las cordilleras donde el apoyo aéreo, por las condiciones meteorológicas, era sólo posible unas pocas horas al día y en determinadas épocas.
El narcotráfico crecía en asombrosa proporción, el Ejército recibía los duros golpes de Las Delicias, La Carpa, El Billar y Patascoy, las carreteras eran intransitables por el riesgo de las ¨pescas milagrosas¨, secuestros masivos; algunos periodistas escribían sobre la ¨guerra total¨, la ¨toma de Bogotᨠy la claudicación. Muchos empresarios, y hasta colonias de extranjeros residentes en el país, emigraron.
En agosto de 1998 asume la presidencia de la República el doctor Andrés Pastrana Arango, quien en el afán de hacer la paz con las Farc había hecho un pacto con las mismas y les cede un área de 42.000 Kms cuadrados al suroriente del País, que se denomina: ¨Zona de Distención ¨. Zona que las Farc utilizan para fortalecerse mediante toda clase de argucias.
El primero de noviembre de ese mismo año, las Farc atacan y se toman a Mitú, masacran a unos policías y secuestran a otros; la Fuerza Aérea responde a este ataque e infringe una gran derrota al grupo subversivo y libera a la población; desde ese momento, esta Fuerza se compromete totalmente con el conflicto e inicia su reorganización operacional pasando a la iniciativa. Entre tanto, el Ejército, bajo el liderazgo de su comandante, el general Jorge Mora Rangel, bajo las directrices del general Fernando Tapias S., Comandante General de las Fuerzas Militares, y con el apoyo del presidente Andrés Pastrana Arango, es reorganizado; asimismo, el Ejército re entrena a los soldados profesionales que tiene en sus filas e inicia la incorporación de los soldados de esta clase para alcanzar el número mínimo que le permita enfrentar la amenaza.
A partir de este momento se cambia el balance de la guerra y el SOLDADO PROFESIONAL se constituye en un elemento esencial del Estado colombiano para su supervivencia, la de su democracia y para la independencia del mismo.
Sin embargo, el Estado Colombiano ya olvidó a estos héroes, no ha cumplido con la parte que le corresponde y no ha asumido la RESPONSABILIDAD FISCAL que le atañe: asumir el costo de la salud del soldado profesional. La salud del soldado profesional está siendo subsidiada por los Oficiales y Suboficiales, activos y retirados, de las Fuerzas Militares en detrimento, desde luego, del Sistema; y con graves consecuencias, al punto que se nos dan citas médicas a los usuarios del sistema hasta para tres meses después de solicitadas y en algunos casos de enfermos de alto riesgo, se dan citas con especialistas hasta para un año después de su solicitud. Al Hospital Militar Central, que debería ser un Hospital de Guerra con una disponibilidad de camas permanente para casos de emergencia, se le exige rentabilidad en el servicio, sin entender o comprender su naturaleza, y después de ser un centro científico y un hospital universitario de importancia en el país, se ha pretendido convertirlo en una organización comercial que debe asumir, además, el costo del Pasivo Pensional en detrimento de un servicio de salud que estamos pagando a un costo alto, que requiere de la atención urgente del Ministerio de la Defensa mediante la contratación de un equipo especializado de expertos que encuentren una solución a esta crisis, no nóveles economistas que ni conocen ni entienden la guerra ni sus sacrificios, sus costos y secuelas. De lo contrario, el Hospital Militar Central colapsará y con él, el Sistema de Salud de las Fuerzas Militares, con gravísimas, costosísimas e incalculables consecuencias.
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